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Anoche no dormí nada y hoy, mientras volaba a más de mil metros de altura, compitiendo con aves y nubes, me he abandonado al lujoso y breve placer de un sueño interrumpido. Del avión me quedo, claramente, con el momento previo al despegue, cuando el avión acelera y acelera como si de su velocidad dependiera poder luego emprender el vuelo, (y en parte así es). La sensación de volar se adquiere en ese momento, cuando las ruedas aún tienen contacto con el suelo y corren, corren, corren… Ni aún en París, cuando el avión se ha alejado de mí (o yo de él, según se vea), cuando he cogido la maleta, (que gracias a Dios había llegado sana y salva) y he pisado tierra francesa, he sido consciente de dónde estaba. Sabes que estás en París, cierto, pero no sientes estar ahí. Tu mente queda bloqueada en el recuerdo inmediatamente anterior a la partida y durante unas horas, vives y actúas en mundos completamente diferentes. Tras la tardía comida, (a las cinco de la tarde, un poco antes de la cena), en un humilde bar marroquí donde nos han servido por un módico precio grandiosos quebac, hemos dado un paseo preliminar a nuestras anchas por París. Hemos recorrido calles, avenidas, e incluso hemos entrado en una iglesia, donde la paz ha inundado mi alma y he hablado conmigo misma mirando una imagen a la que le doy el nombre de Jesús; sintiéndome escuchada completamente. Al volver al hotel, he sentido la imperiosa necesidad de quedarme sola y, encerrada en esta habitación pequeña pero acogedora, con el espacio justo para la enorme cama de matrimonio que compartiría con mi compañera, las dos mesillas a los laterales y la silla donde me siento ahora y escribo, he dispuesto la ropa para el día de mañana. Tras ello, me he tumbado en la cama, con la mente medio en blanco, y he escuchado cómo los chicos y mi compañera de cuarto, Mari, reían, gritaban… Poco después hemos bajado a cenar, a eso de las siete, (aquí se cena prontito), y el director nos ha anunciado que iríamos a navegar por el Sena un rato después. Romántico y, para un día agotador como el de hoy, realmente un suplicio. Pero he venido a disfrutar y verlo todo, como todos nosotros hemos venido a ello, y en algún rincón de mí aún queda una niña que cree en los cuentos de hadas y en el príncipe azul; así que buscará esta noche la magia romántica del Sena en París. Me he duchado y arreglado mientras Michael y Roberto venían a visitarme a mi habitación esporádicamente y Mari, mi compañera, venía a por utensilios para plancharle el pelo a David. Son las nueve menos cuarto y el ruido ha cesado. El director acaba de calmar los ánimos haciendo una “visita de cortesía” a mis amigos. Yo sigo sola, saboreando un rato de paz. Siempre me ha gustado disfrutar un poco de mí misma, debe ser defecto profesional… Pese a todo lo que pueda pasarme, estoy ilusionada. Voy a hacer de este viaje mi felicidad, que perdí en algún lugar no sé dónde. En fin, voy a ir bajando. Me uniré a ellos y seré una más, olvidando que sin mí también podría ser y consciente también de que sería muy diferente. * * * * * * * * * * * * * * * * Doce de la noche. Medianoche. En el cuento de Cenicienta estarían sonando las campanadas y la magia se estaría rompiendo completamente. Aquí, lo único extraordinario es que ya pasan las veinticuatro horas sin que haya dormido. Tengo ganas de acostarme, aunque no creo que lo haga aún. La experiencia en el Sena ha sido preciosa, quedando este adjetivo muy por debajo de lo que se merece la visión que he podido contemplar esta noche. En un barco, arriba, al aire libre, navegando sobre las turbias aguas del río más emblemático de París, he podido maravillar cada centímetro de la catedral de Nôtre-Dame; he sido capaz de atravesar mil puentes y he tenido el privilegio de contemplar la maravillosa Torre Eiffel en la iluminación de la noche, alzándose ante mí a modo de faro y adornada de luces que realzaban su presencia aún más. Con todo, ese deje romántico que impregna cada paso que se da en París sigue siendo una punzada dolorosa en mi pequeño corazón roto… 1ª NOCHE. 17-18 PARÍS. Yo iba a acostarme pronto… En fin; Mari y yo llegamos al cuarto de los chicos en mitad de una guerra de almohadas nada pacífica… Justo al entrar, y en cuanto David se percató de nuestra presencia, empezó a lanzarnos jabones, uno de los cuales acertó a Mari de pleno. Luego David decidió igualar la situación y me pegó un almohadillazo en toda la cara, que yo decidí devolver acercándome a él almohada en mano y dándole un par de veces, sin pararme a pensar en las consecuencias. Agarró entonces él la almohada con la que le daba y comenzamos a forcejear, viniendo enseguida Enrique y Adrián a proteger a aquel que minutos antes se cebaba con ellos. Dándome por vencida, me escabullí y les dejé a ellos golpeándose mientras me sentaba en una de las dos camas de matrimonio que reinaban en el cuarto. Carlos se sentó allí también y Mari no dudó en sentarse entre ambos. La guerra se volvió contra mí de nuevo cuando se dieron cuenta de mi ausencia y tuve que apelar mis gafas para que dejaran de lanzarme proyectiles plumados. Siguieron pegándose palizas entre ellos y yo, poco a poco, me acurrucaba en la cama, viendo que me iba a quedar dormida de un momento a otro. Ante dicha perspectiva, y previniendo el día posterior en Disneyland, donde quería estar fresca como una lechuga en la medida de lo posible, me levanté y anuncié mi marcha. Carlos no cedió en ese aspecto y me pidió que me quedara un rato más, apoyada por lacias peticiones de Mari. Me senté de nuevo, empujada por mi amigo, y esperé un par de minutos para levantarme de nuevo. Ya habría noches para divertirme. No esta. Tomé, pues, la decisión de irme a mi cuarto definitivamente, y tras un par de devaneos, Carlos accedió dejarme ir y Mari, sin cansarse de llamarme aburrida, también. Llegué al cuarto y retoqué las cosas, dejando todo mucho más ordenado de lo que solía dejarlo en mi casa. Mari subió al cuarto y me preguntó si volvería a bajar. Ante mi negativa, cogió silenciosamente uno de los cojines que nos servían de almohadas y me anunció que ella se quedaría abajo a dormir, animándome a hacer lo mismo. Yo, sonriendo, le dije que no, que gracias, pero que en mi cuarto estaba bien y que necesitaba descansar, que era consciente de que allí abajo no lo haría. Ella se encogió de hombros y se marchó. Yo tenía la llave del cuarto, y me replanteé si bajársela para que pudiera entrar cuando quisiera o quedármela y arriesgarme que quisiera entrar y tenerme que levantar. Finalmente me decanté por la opción C: quedarme la llave y dejar la puerta entreabierta, en plena confianza de la gente que me rodeaba. Luego, puse la alarma del móvil y me acosté. Cogiéndole el gusto a la cama estaba cuando mi móvil se iluminó. Lo cogí y, con sorpresa, vi que se trataba de un toque de Roberto. Extrañada, le devolví el toque y volví a cerrar los ojos. Escudaba, de lejos, las voces de los chicos, y me preguntaba qué plan estarían tramando. El plan vino a mí… Michael apareció en el quicio de la puerta, tímidamente, seguramente sin saber si yo estaría o no dormida, y me llamó. Yo me incorporé y le dije: ¿qué haces aquí? Él, con la voz ligeramente cambiada, me pidió que le acompañase, por favor. He de admitir que me descolocó un poquillo todo aquello, sobre todo por el tono de súplica de su petición. Sin embargo, también puedo confesarte a ti, donde hay confianza, que agradecí a Dios que me diera la oportunidad de llegar donde tanto quería. Ni corta ni perezosa, pues, me levanté de la calentita y dulce cama y seguí a Michael hasta su puerta, un par de pasos más allá de la mía; plantándome así en un cuarto desaliñado donde Jorge, en la gran cama de matrimonio que presidía la habitación, parecía totalmente derrotado; Juanma, sin mucho sentido, caminada de un lado para otro manteniendo el equilibrio; Roberto decía muchas más incoherencias de las naturales y Michael… Bueno, Michael era todo un poema. Parecía que se había tomado dos o tres cafés y andaba como una moto. Cuatro hombres lastimados por el alcohol y una mujer somnolienta recién levantada puede parecer algo insólito, pero la verdad es que yo, personalmente, recuerdo esta noche con una sensación especial. Para mí fue fantástica. Noelia pasó a ser Noelia-madrecita y animó a los tres chicos que se acostaran, (a Jorge no hacía falta, yacía sobre la cama todo largo como era); resultado de dicha petición sólo conseguí que Michael se acostara tres segundos para luego levantarse de nuevo, y que Juanma, tumbado también, cayera al suelo, seguramente en broma. Aún así, mamá-Noelia lo tumbó de nuevo, con toda la delicadeza que fue capaz, y colocó una silla al lado de la cama, para evitar nuevas caídas. En aquel revuelo, mientras yo colocaba la silla, lo único que Juanma repetía una y otra vez era: “acuéstate conmigo, Dori, por favor, acuéstate aquí.” Yo, consciente de que aún tenía que acostar a otros dos, desdeñé dulcemente su oferta, sentándome en la silla, a su lado, y acariciándole un segundo, antes de levantarme a intentar relajar a Michael, que danzaba de un lado para otro, se reía, se tumbaba, se levantaba… Roberto, por su parte, comenzaba a despertar de su sueño alcoholizado y, muy de vez en cuando, en sus extravagantes momentos de lucidez repentina, decía: “Hagámosle caso a ella.” “¿Dónde están las botellas?” “Hay que organizar esto.” Le pedí a Roberto que se tranquilizara, mientras le ofrecía a Michael que se viniera conmigo a mi cuarto y nos acostáramos los dos allí, pues veía en él la clave para que los demás se relajaran. Michael desechó la idea, mientras Roberto me decía: “¿Tú sola con él? Ni de coña…” A mí no me asustaban ninguno de los cuatro, eran mis amigos un poco más para allá que para acá, por lo que eran niños. Sólo niños. Me sentía realmente bien. Era como una madrecita, me sentía útil e importante para ellos, creo que en aquel momento realmente necesitaban mi ayuda para poder relajar el corazón. Y yo estaba allí, ofreciéndoles mi apoyo y mi comprensión, por lo que me sentía realmente bien. Además, Roberto no se cansaba de repetir que yo estaba allí porque lo necesitaban, y no quise dudarlo. Cuando se tumbaban, me sentaba en la silla esperando su paz, pero ésta no aparecía por ninguna parte. Roberto, agitado, se levantó para guardar las pocas botellas que quedaban en un lugar seguro; Juanma se incorporó de la cama para recordarle que él tenía algunas en la maleta; Michael no paraba. En medio de aquel jaleo, Jorge dormitaba o intentaba dormitar. De repente, sin que lo esperara, Michael me dijo que le dejara la llave, que él se iba a mi cuarto. Le pregunté si solo o si prefería que me quedara con él allí y me dijo que no, que mejor solo. Le acompañé al cuarto y le dejé allí, llevándome la llave para entrar si necesitaba hacerlo. Se quedó en la cama y le prometí que se dormiría pronto, cosa que negó. Al regresar al cuarto, todo parecía distinto. La paz empezaba a embriagar a los chicos y Juanma se dejó caer definitivamente en la cama, para dormir. Roberto era el único que seguía la juerga, pese a sus ratos lúcidos. De repente, cuando le insistí para que se acostara, me cogió y me dijo: “duerme conmigo.” Ante mi negativa, Roberto me agarró por la cintura y me arrojó a la cama, colocándome entre él y la espalda de Jorge. En medio de un ataque romántico, Roberto añoró a su novia y, poco después, se dio la vuelta y me pidió que le hiciera cosquillas en la espalda. Yo, sin decir nada, me tumbé boca arriba y le hice cosquillas a Roberto, mientras estudiaba mi situación. Segundos más tarde, la respiración de éste ya era demasiado acompasada para estar despierto, y dejé que mi mano rodara hasta el colchón. Su pasividad confirmó mis sospechas: Estaba dormido. Allí, en medio de ambos, entre mi olvido y mi recuerdo, cerré los ojos y dejé que el sueño invadiera mi alma… VIERNES. 18-02-2005 DISNEYLAND PARÍS. UN SUEÑO HECHO REALIDAD. Mi móvil nos ha levantado a todos muy pronto, pero no me ha importado en absoluto. Este ha sido un día lleno de magia e ilusiones. Visitar Disneyland París, uno de mis grandes sueños desde siempre, se ha hecho realidad. He vuelto a ser una niña. Siempre lo fui, en el fondo, pero definitivamente hoy me he dejado guiar moralmente por esa locura transitoria que nos obliga a hacer travesuras y tonterías en cualquier parte, sin importarnos qué dirán los demás. Me probaba mil gorros, he comprado uno que he lucido por todo el parque y al llegar al autobús me he resistido a quitarme, he reído, cantado, bailado, disfrutado completamente como una enana. Ha sido, simplemente, fantástico… Al despertar esta mañana tras breves horas de sueño, he despertado a Roberto, que dormía a mi derecha, y he ido a mi cuarto, donde dormía Michael, (vaya nochecita). Tras vestirme, he bajado sola a desayunar y he tomado un opíparo desayuno después del cual nos hemos subido en un autobús con dirección a Disneyland. Carlos se ha abandonado al placer de la música de su MP3 y yo me he abandonado al placer del sueño recuperado. Sin embargo, un poco antes de llegar, como abiertos por un resorte que me dijera: aquí, mis ojos se han despegado y he contemplado el maravilloso castillo de Cenicienta, sobre todo lo demás, el símbolo de Disney, el símbolo del parque donde volvemos a ser niños. Apenas contábamos con unas horas para ver la plenitud del parque, por eso nos dedicamos en principio a correr apresuradamente de un lugar para otro, en busca de las atracciones más atractivas del parque, guiados por Juanma y David, que ya habían visitado el lugar alguna vez anteriormente. La primera que hemos decidido visitar ha sido la famosa “Space Mountain”, que para nuestra desilusión estaba cerrada, en principio hasta las once y media, según nos han dicho los chicos que se han acercado a curiosear el por qué de la ausencia de gente en una de las atracciones más emblemáticas del parque. Ante este contratiempo, hemos buscado otras atracciones de esa zona del parque, la zona del espacio y el futuro, las máquinas del tiempo, Star Wars… Antes de adentrarnos en este mundo, sin embargo, acabamos metidos en el medio Oeste casi sin darnos cuenta, en busca de una montaña rusa donde descargar adrenalina. A esas horas de la mañana la cola era muy breve, y enseguida nos montamos en una montaña rusa con looping incluido. Roberto decidió quedarse abajo, a él aquellos aparatos “no le iban”. Tras aquella experiencia que, como siempre, me encantó, (soy una amante de las montañas rusas), nos dimos una vuelta por aquella parte del parque, donde los protagonistas eran Indiana Jones y compañía, por decirlo de algún modo. Luego, regresamos al abandonado Space Mountain con la esperanza de que estuviera abierto, sin embargo, descubrimos con pesadumbre que no, que estaban reformándolo y no lo abrirían hasta unos meses más tarde. Lo que sí pudimos probar fue el Nautilus, el emblemático submarino de Julio Verne que hizo famoso al Capitán Nemo en sus veinte mil leguas de viaje submarino. En él, podíamos ver algunos utensilios básicos de un submarino y, por una ventanilla, se nos mostraba una animación de una medusa enorme que, teóricamente, atacaba el submarino antes de retirarse. Ya que estábamos allí, aprovechamos para no perder el tiempo e investigamos otras atracciones de la zona. Descubrimos cómo se sentía uno cuando le encogen y le atacan ratas, serpientes y bebés gigantes en la atracción: “cariño, he encogido al público”, donde el despistado científico de la famosa saga encoge-agranda hijos nos volvía a todos diminutos con efectos 3D proporcionados por unas ganas de colores que, (ojo al dato) tenías que devolver a la salida, aunque muchos se saltaron esta norma. También esperamos un rato para poder montarnos en una nave de Star Wars y sentir que nos movíamos sin que en realidad se diese el movimiento. Es curioso el engaño de la vista; con unas imágenes te hacían sentir que volabas a muchísima velocidad, que estabas a punto de chocar, que subas, que bajabas… La hora de comer acuciaba en nuestros estómagos, vacíos desde el desayuno de las ocho, así que decidimos buscar un lugar donde comer antes de seguir en otra zona del parque. Encontramos el Planet Hollywood y allí nos plantamos. David, Roberto, Juanma y Michael decidieron tomar como “aperitivo” un gran gofre de chocolate; y tras esto, nos metimos a comer. La clavada, para nuestra sorpresa, no fue tal. Si eres de mucho apetito, puede que te salga un poco más caro, pero bueno, yo que como una pizza y la bebida, por 10 euros y poco comí perfectamente, rodeada de Buzz Lightyear y Woodys… Todo muy galáctico y espacial, como el propio nombre dice. Cuando terminamos de comer, salimos, y tras una divertida foto en un coche fantástico que había a la entrada del restaurante, volvimos a la luz y nos percatamos, con sorpresa, de que el Sol había salido, cosa que agradecimos, pese a que no calentara demasiado. El tercer mundo que visitamos fue Oriente, con Aladín en algunas partes y otros motivos del Este en el resto. Por esta zona nos abstuvimos de montarnos en ninguna parte, y lo único que hicimos fue una hermosa guía turística. La siguiente parte en la que decidimos integrarnos fue el mundo Fantasía, donde todas las princesas que han protagonizado nuestros sueños infantiles y no tan infantiles, reinaban en todo su esplendor. Te da la bienvenida una gran bola del mundo donde los niños de todas los lugares de nuestro diverso planeta están juntos en un mismo barco, mostrando la igualdad y el no racismo, cosa sobre la que David no dudó en bromear… Entre colores y música, las tacitas de la Bella y la Bestia bailan mareando a los que van en su interior. Más allá, el laberinto de Alicia, donde nos internamos esquivando cartas y Reinas de Corazones malvadas, buscando una salida que nunca llegaba, trampeando al final, saltando setos y caminos… En el fondo del laberinto nos esperaba un castillo, donde subimos y desde el cual se veía el parque con otra perspectiva. Me sentía una princesita ahí arriba. Me he sentido muy grande ahí. Al bajar, hemos empezado a echarle un vistazo a las tiendas, probándome yo mil gorros con la cara del gato de Alicia, con Goofy, una diadema de Pluto y mil ridiculidades más que he hecho sin ningún tipode pudor. Mi vena más infantil ha brotado en su esplendor y la he dejado correr. Había cerca de allí un tiovivo y he deseado subir, pero ninguno ha querido acompañarme y he “mojado mis ganas en el café”. Mari se ha quedado rezagada y la hemos perdido, detalle que no se le ha escapado a Jorge, que no ha tardado en ir a buscarla acompañado de algunos más; mientras Roberto, David, Carlos y yo nos hemos metido en un pequeño hueco que había al final del cual se escondía la carroza de Cenicienta, donde quería echarme una foto. Carlos me la ha hecho y, poco después, le ha pedido a David que nos la hiciera juntos a los dos. Creo que era la primera foto en la que salíamos los dos sin Mari… Sentados un rato en una mesa de piedra preciosa, hemos esperado a que todos volvieran y, una vez reunidos, hemos emprendido el camino hacia el castillo de Cenicienta. En él, hemos entrado en una tienda donde se hacían cristales y hemos observado con curiosidad y admiración como de un tubo podía sacarse, en apenas unos segundos, un patito precioso con maña y precisión. En esa misma tienda había un castillo de cristal enorme, réplica de aquel en el que estábamos. A todos nos ha llamado mucho la atención, tanto el castillo como su precio, asequible para muy pocos. Al salir de la tienda, había una catarata muy bonita y ha sido otro gran momento foto del día. Desde luego, hemos dejado constancia de nuestro paso por el parque en numerosas fotografías. Hemos paseado otro rato por el parque, haciendo una enorme cola de más de una hora para viajar en un pequeño tren que luego no ha merecido la espera, y también hemos tenido que esperar mucho para repetir la experiencia en la montaña rusa, esta vez con Roberto entre nosotros, animado un poco por todos y arrepentido después de no haberlo probado antes. El tiempo se agotaba y teníamos que hacer las compras. Nos hemos dividido, porque algunos han decidido no comprar, y unos pocos, (Carlos, Mari, Juanma, David…) hemos llegado a la calle principal del parque, repleta de tiendas donde elegir el mejor detalle para cada cual. Yo he comprado un grande y llamativo gorro verde con orejas de mi personaje preferido, Goofy; que regalaría a mi hermano al llegar a España; me he autocomprado un estuche de Mini y un bolígrafo muy bonito, así como un precioso llavero de Mickey. Luego, con al hora un poco pegada al culo, hemos corrido hacia el autobús, peleándonos con la lluvia que comenzaba a caer amenazante. Al final, hemos llegado con tiempo de sobra, hasta hemos tenido que esperar. La noche no planteaba planes fuera del hotel, pero dentro sí que los había… Nunca pude imaginar que acabarían así. 2ª NOCHE. 18-19 PARÍS. El plan de esta noche era, nada más y nada menos que una botellona, en el cuarto de David y demás. Incumplir las normas es algo que siempre ha dado morbo a cualquier situación. Cuando he bajado, ya estaban todos, en una extraña velada entre botellas y vasos. No he bajado de las primeras, más bien diría que he sido de las últimas. Me he entretenido un rato saboreando la soledad de mi cuarto, escribiendo. Jorge estaba con un MP3 en la mano, como no, el rey de la música, y unos altavoces que transportaban la música a toda la habitación. Su función parecía la del disk-jockey de la “discoteca”, mientras el resto se ponía ciego a beber, pero a lo bestia, como si en la prohibición de aquel acto residiera todo el encanto. La cosa se empezó a ir de las manos y Roberto, Juanma y yo decidimos subirnos al cuarto de estos, para hablar relajadamente y evitar problemas… Una vez allí, Juanma me propuso hacerme el prometido masaje (el día en Disneyland había dejado secuelas en mi imperfecta espalda), así que me tumbé en la cama donde había dormido la noche anterior y dejé que las manos mágicas de mi amigo recorrieran mi espalda. En esa aptitud andábamos cuando entró Ana López en la habitación. La pobre le había dejado las llaves a una de sus compañeras y ahora no la encontraba, por lo que no podía entrar en su cuarto. La acogimos enseguida, allí estábamos casi solitos Juanma, Roberto, ella y yo. La paz inundaba en cuarto. Ana indagó unas bolsas de regalos de Disney, de Michael. Tenían un peluche de Bali, el osito de El Libro de la Selva, un huevito muy bonito en cuyo interior se escondía la Torre Eiffel, y algún que otro detalle más. Jorge y Carlos subieron un instante, éste último con una risa extrañamente compulsiva… Michael entró en el cuarto un rato después. Al parecer abajo comenzaba a haber follón de verdad. Juanma y yo fuimos echados de la cama de matrimonio por sus dueños, así que acabamos en una pequeña cama de ochenta, contándonos nuestras penas, desahogando nuestro corazón. Ana llegó de nuevo, (ya se había ido, pues ya había encontrado a la muchacha que tenía sus llaves) y se sentó en la cama a hablar con nosotros. Poco a poco, abandonaban a los más borrachos por ahí abajo mientras los más serenos se acercaban a nuestro cuarto. Carlos no tardó en subir de nuevo, mucho más “gracioso”que la primera vez; se tumbó con Jorge en la cama de matrimonio aprovechando la ausencia momentánea de Roberto y Michael, y dijo que se quedaba ahí ya. De repente, en plena noche, escuchamos a las chicas llamando a gritos por la ventana. Al parecer, el recepcionista no les abría y quería que las ayudáramos. Carlos salió y luego entró, contándonoslo y acostándose de nuevo, todo risas. Dijo que él no pensaba bajar… No sé cuándo pero, poco a poco, mis ojos se fueron abandonando al placer de la noche… SÁBADO 19-02-2005 PARÍS EN TODO SU ESPLENDOR. El tercer día en París ha amanecido lluvioso, como presagio del día que vendría, o más bien, de la noche. He despertado molida; claramente una cama de 80 no es para dos… La visita programa del día nos llevaba directamente a la Torre Eiffel. Al llegar a la misma, nada más bajar del autobús, somnolientos y cansados, tuvimos que caminar para llegar a la misma, aunque ya se elevaba sobre nuestras cabezas al pisar tierra firme. Yo, torpe como iba, al saltar una pequeña barra que apenas llegaba a nuestras rodillas, casi me caigo; Roberto tuvo que agarrarme para evitar que me comiera el suelo por segunda vez en menos de veinticuatro horas… Al llegar a la Torre Eiffel, al situarnos por debajo de ella y elevar nuestra mirada a aquella gran majestuosidad, me sentí infinitamente pequeña y esa pequeñez me dio seguridad. No éramos nadie en el mundo, pero para mí yo lo era todo. Me había despertado filosófica. Había una enorme fila de gente que esperaban entrar, y nosotros hemos estado esperando que los profesores sacaran las entradas en plena calle, arrecidos por el frío y el cuerpo cortado de la temprana mañana. Una vez nos han repartido las entradas, nos han indicado que nosotros entrábamos por otra parte, lo cual ha sido un gran alivio, pues la cantidad de personas que ya esperaban su turno era considerable. En la fila de grupo sólo estábamos nosotros y no hemos tardado demasiado en pasar. Una vez dentro, hemos subido unas escaleras que nos han llevado al primer ascensor, el que nos elevaría a una parte de la majestuosa torre, desde la que podríamos admirar lo que después observaríamos a mucha más distancia del suelo. El ascensor, repleto con nosotros, se ha elevado a una velocidad realmente divertida, sintiendo yo en el estómago cosquillas de emoción, sin tener plena conciencia de estar ya dentro de aquel emblemático monumento que en tantas fotos y postales había visto. Al llegar a la primera planta, nos hemos bajado y hemos dado una vuelta por la zona, admirando el Sena, que marcaba una línea claramente definida y dividía el paisaje en dos. Centrado, un parque, verde, totalmente espléndido, dando al gris de la carretera y del día un toque diferente, vivo, esperanzador. Tras hacer unas fotos, hemos cogido el siguiente ascensor hasta la segunda planta, pocos metros antes de la parte más alta, a la cual había que acceder por escaleras. Era una zona cerrada, con lo cual el frío no atravesaba la sala como ocurría en la parte más alta. Allí se veía el paisaje, aunque más distante y cortado por la frialdad de los cristales. Además, había algunas placas con mapas que nos ayudaban a identificar las cosas que se veían desde aquella altitud. Sin miedo, decidimos subir a la parte alta. Allí, el gélido aire nos golpeó el rostro sin piedad y nos dejó sin aliento. Sin embargo, nada podía con nuestras ganas de verlo todo, de investigarlo todo, de vivirlo todo; ni el frío, ni el sueño, ni nada. Recorrimos aquella zona de punta a punta, pasando por estrechos pasillos donde las corrientes de aire eran mucho más fuertes para resguardarnos en falsos refugios igual de fríos pero menos ventosos. Desde aquella punta se veía todo tan lejano, todo tan pequeño… Éramos como reyes que contemplan su reino desde lo más alto de una torre de su sereno castillo. Abajo está el caos, los coches, la gente que corre de arriba abajo, con su vida, sus trabajos, sus problemas… Y nosotros allí, arriba, el tiempo parado, el mundo esperándonos a nosotros para correr en lugar de ser nosotros los que corriéramos detrás del mundo. Era una sensación plenamente agradable y, pese al frío, yo me sentí libre por un momento, poderosa, importante. Feliz. Tras aquel momento de libertad, bajamos al templado segundo piso y nos dispusimos a coger el ascensor para llegar a la primera planta. Sin saber cómo ni por qué, sólo lo cogimos Jorge, Roberto, Michael, Adrián y yo. Estos, con la juerga de la noche anterior, casi no habían dormido y, por tanto, tampoco se habían despertado para desayunar, así que decidieron tomarse su primera comida del día dentro de la Torre Eiffel, un lujo que no resultó ser tan caro como podría haberlo sido. En el mostrador, se escucharon todos los idiomas de labios de los chicos, desde el español, que la trabajadora, sudamericana, parecía entender a la perfección, hasta el francés, pasando por un gibraltareño pasado a la parisina, con Jorge y su “gofre avec chocolat y un zumo de naranja.” Adrián se ofreció galantemente, como su nombre indica, a invitarme a algo, por si quería, pero por suerte yo sí que había desayunado aquella mañana y me había puesto realmente púa a comer, así que rechacé su gentil oferta y me quedé con ellos mientras comían. Tras el opíparo desayuno que le costó a Roberto la lengua por probar un café demasiado caliente, terminamos de bajar el piso que nos quedamos y llegamos a la calle, diez o quince minutos antes de la hora establecida para llegar. Sin embargo, todos estaban ya allí. Nos unimos de nuevo a Carlos, Juanma, David y Mari. El director emprendió, pues, el camino de vuelta al metro, seguro de que todos estábamos ya, pero al llegar al metro en sí nos dimos cuenta de la ausencia de Lucía y de Javier, por lo que estuvimos esperando media hora larga hasta que ambos aparecieron, juntos, en una pose tiernamente romántica si no llega a ser por su tardanza y la impaciencia de todos. Total, que finalmente cogimos el metro hasta llegar a nuestro nuevo destino: La Saint Chapelle. Según nos informaron el director, su mujer y Mamen mientras nos dirigíamos a aquel lugar, aquella capilla fue construida única y exclusivamente con el fin de salvaguardar un trozo de la cruz de Cristo y la corona de espinas del Mismo. Estuvimos haciendo una pequeña cola antes de entrar, pero mereció la pena. Nunca antes había oído hablar de esta capilla, pero bien por su belleza en sí, bien por el efecto que causan en mí este tipo de sitios, bien por un poco de ambas, fue una emoción indescriptible estar allí dentro, entre cristaleras de colores, (las famosas vidrieras representando escenas bíblicas), posa frente a un espacio en cuyo centro reposaba algún tipo de reliquia que no llegamos a desentrañar, pasear por aquel centro de paz y armonía… La capilla constaba de dos pisos. El primero, por donde entrábamos, recogía las vidrieras más simples y el lugar de las compras, donde se podían adquirir libros con los fotos y la historia de la capilla y de sus secretos. La segunda planta era la espectacular, con sus enormes vidrieras, sus rosetas, sus imágenes… Nos sentamos un rato a contemplar la belleza que nos rodeaba, a invadirnos de la tranquilidad del medio, del silencio necesario, de la paz ambiental. Salí de la Santa Capilla con fuerzas renovadas, algo más despierta, con hambre y restaurada alegría. La presencia de Mari dejó de molestarme un segundo y me centré el vivir el momento y disfrutarlo, con o sin ella. Nuestro destino, a pie, era Nôtre-Dame. Tras un breve paseo, el puzzle que construí meses atrás, cuando aún ignoraba que pisaría su realidad, se alzaba ante mí, espléndido, orgulloso, altivo. Con las dos pequeñas torrecillas características de esta catedral de fondo, nos echamos algunas fotos, unas gamberras, otras más serias, siempre con Mari, por si cabía la duda. Luego, tras el pequeño paréntesis, nos dirigimos a la catedral, a la puerta, haciéndose ésta cada vez más grande a cada paso, más real, más viva, más mía. Al lado de ella la he recorrido por fuera, saboreando cada pared, pudiendo ver en cada centímetro de piedra las piezas de aquel puzzle que ahora se hacía realidad ante mí. Luego, al entrar y caminar por la catedral, pisando sus suelos, en el silencio sepulcral de la casa de Dios, he experimentado la sensación esta que te invade cuando algo está ocurriendo pero no eres capaz de concebirlo del todo. Miré a mi alrededor .Estaba sola. A mi alrededor había gente, chicos del viaje incluso, pero no mi gente. Sonreí. Necesitaba aquella soledad un instante. Entre la catedral y yo, aunque pueda sonar estúpido, había un feeling, como dicen los ingleses, un algo, una conexión especial vinculada sin remedio a la maqueta que de ella quedaba en mi casa, construida por mis manos, con mi cabeza, mi paciencia y mil piezas diferentes. Admiré los ventanales, idénticos a los que yo tan bien había separado de los demás en su día, di la vuelta en aquella curva que tanto me había costado mantener en pie, toqué con mis manos alguna de las columnas con las que tantas veces me peleé para que sujetaran lo demás… Terminada mi vuelta en soledad, me encontré con los demás y volví a recorrer la catedral, esta vez en compañía de mis amigos, que, al fin y al cabo, eran de las mejores cosas que me proporcionaba el viaje: su infatigable compañía, aunque hubiera algún cabo suelto, (más bien, un cabo demasiado atado a nosotros…) Al salir de nuevo a la luz del día, (el Sol es demasiado relativo en París), me sentí completamente nueva, con ganas de seguir comiéndome París. La siguiente parada, de hecho, era para comer. Recorrimos de punta a cabo el barrio latino, rechazando Mc Donald y Burguer King, en busca de algo más original. Por el camino se fueron Adrián, Pepe y Héctor, rendidos ante la típica hamburguesa; luego, los que quedábamos acabamos cediendo ante un Griego, del cual nos hacía una excelente propaganda un camarero del mismo a la entrada. Los menús costaban quince euros y nos apetecía probar cosas nuevas. El restaurante era, ciertamente, muy bonito. De paredes azules y adornadas con motivos mediterráneos, fue un poco como regresar a casa. Aunque apenas habían pasado tres días, ya se echaban de menos ciertos detalles. Sentada entre Michael y David, con Jorge enfrente, miré la lista de comida y pedí a Michael aclaración de algunos de los conceptos de la lista; no tanto por no saber traducirlo al español sino por mi incapacidad de reconocer en el plato el tipo de carne al que se refería, (no soy yo muy cocinera que digamos…) Cuando nos decidimos, preguntamos por la bebida, y ante el precio nos decantamos por jarras de aguas a compartir entre dos, a razón de cuatro euros cada una. La comida que habían pedido algunos era realmente extravagante. En sus platos reposaban sustancias desconocidas a todas, todas y agradecí en el alma conocer lo que había en el mío, (soy muy rarita a la hora de comer). Al final, lo de la jarra de agua entre dos para ahorrar no sirvió de nada y tuvimos que pedir otra. Había demasiada sed. Tras un postre, pagamos y salimos de aquel restaurante, con la sensación general de haber pagado más de lo necesario, dispuestos a no repetir experiencias experimentales en mucho tiempo. Luego, con el estómago lleno y la cabeza centrada, decidimos hacer una visita expeditiva por París. Por petición de David, mapa del metro en mano, nos dirigimos hacia el arco del Triunfo. Llegamos sin problemas, en poco nos habíamos convertido en unos expertos del metro. Para cruzar la mortal rotonda, carente de todo tipo de semáforos y señalizaciones, tuvimos que pasar por debajo de la carretera, por un sinuoso “túnel” ingeniosamente diseñado para evitar que los peatones pisaran siquiera la carretera de “la muerte”. Una vez en el arco, nos entretuvimos en traducir, (para mí, que sustituí francés por alemán hace ya dos años fue más bien descifrar) lo que ponía en cada pared, en cada metro cuadrado del suelo, en cada centímetro de arco. Militares muertos por la patria, grandes generales, soldados; todos recordados bajo la misma piedra, bajo el mismo Triunfo. Porque la gloria a veces no se mide en victorias sino en derrotas superadas. Abandonando el Arco, nos hemos dirigido a unas amplias calles comerciales conocidas como los Campos Elíseos. Allí, desde arriba hasta abajo, hemos podido observar algunas de las tiendas más conocidas y caras del mundo: Cartier, Louis Boutton, (que, por cierto, celebraba uno de sus aniversarios y se anunciaba con una enorme maleta en relieve)… Tiendas que Carlos recorrió con la mirada y con cierta envidia por aquellos que podían entrar cada día en ellas. La estupidez del consumismo. Los chicos se fueron a ver coches; en los Campos había multitud de exposiciones de cochazos, típicos más de una película de James Bond que del mundo real; probablemente igual de caros. El resto del grupo nos sentamos a descansar un rato; aunque Mari y yo entramos en Yves Roché a comprar unos perfumes. Ya de noche, regresamos al hotel. En una de mis incursiones a las habitaciones de los chicos, cuando fui a entrar, me pidieron a gritos una contraseña. No sé por qué razón, (supongo que porque nos vamos conociendo) pensé que tenía que ser algo referido a mí. Entorné la puerta mientras seguían pidiendo contraseña y me gritaron, al unísono: “¡Parodi es puta!” Con una sonrisa, terminé de entrar, y los chicos callaron, estallando a reír poco después. La contraseña, por Roberto, por supuesto, tenía su contrapartida en la habitación de David, donde la contraseña era, nada más y nada menos, que Roberto es maricón. Tras unas risas y alguna conversación, cada uno se fue para su cuarto, a prepararse para la salida. Era Sábado y planeábamos salir por la noche, ver el Moulin Rouge y quedarnos en alguna parte a bailar y disfrutar de París a la luz de la Luna. Aunque ya nos habían dicho que los precios de las discotecas eran desorbitados, teníamos ilusión por probar. Veinte euros nos echaban atrás, pero un día era un día. Además, estábamos tan cansados… Pero, ¿qué más daba? Es un viaje de fin de curso y sólo se vive una vez… 3ªNOCHE. 19-20. PARÍS Del romántico Moulin Rouge en el que Nicole Kidman caía rendida ante “Your Song”, sólo queda un simple molino en lo alto de un edificio, alumbrado por luces que le dan el tono rojizo en el que reside su magia. Se ha roto parte de su encanto para mí, aunque soy de esas que conserva siempre la esencia de las cosas y para mí se quedará por siempre como ese molino brillante y fastuoso en el que Edgar McGregor se enamora de una joven prostituta a la que amará “pase lo que pase.” La discoteca, “Locomotive”, estaba al lado del Moulin Rouge, pero la cola de personas esperando la entrada llegaba hasta más allá de la carretera. Esperando en ella, una serie de variopintos personajes que disuadieron a algunos de querer entrar en ella. Entre esos ellos se encontraban David y Carlos, que no habían salido muy animados, y Juanma y Héctor, cansados y desganados. Yo dudé un poco. Los pies me dolían, las botas eran demasiado altas y estaba muerta; pero quería quedarme si mi gente se quedaba. Mucho dinero y pocas ganas fueron un cóctel demasiado fuerte para la mayor parte de mis amigos, así que acabé yéndome para el hotel. Las calles parisinas de noche son oscuras. Me sentía protegida, iba rodeada de chicos, algunos de ellos corpulentos y otros con buena voluntad (esperaba), sin embargo, aquellos chicos extraños parados en los portales, aquella oscuridad, aquel lugar. Agradecí llegar al hotel y poder relajarme. Ha venido Héctor hace un rato a pedirme que vaya con él y Carlos al cuarto de Jorge, Juanma, Michael y Roberto, vacío, pues Juanma al parecer estaba hablando con Isa por ahí. * * * * * * * * * * Carlos me esperaba en la cama de Jorge, yo me tumbé en la de Michael y esperaba poder dormirme sin muchos problemas, aunque Carlos se resistía. Pese a ello, acabé dormida en la cama de Michael. No escuché a Juanma regresar, pero sí escuché llegar a los chicos de la discoteca. Me desperté, pero no abrí los ojos. Es ese momento en el que estás entre el sueño y la vigilia, en un mundo no muy definido, con un pie de vuelta a tu fantasía y otro de regreso a la realidad. Escuchaba sus voces, pero no terminaba de entender qué pasaba. Por lo que deduje, Carlos dormía en la cama grande y Jorge y Roberto, por tanto, carecían de sitio. Sentí a Michael a mi lado, intentar instalarse en la pequeña cama de ochenta, y con pesar, le hice hueco, después de escuchar cómo el pobre deseaba un pequeño lugar donde acostar su molido cuerpo. Tras ello, apagaron las luces. Me dormí de nuevo, olvidando por un instante todo, abandonándome al placer de mi propia imaginación. DOMINGO 20-02-2005 SECRETOS MÁS ALLÁ DE PARÍS. Tras la ajetreada noche en París, los pequeños grandes juerguistas de la discoteca han despertado con muy poquitas ganas de nada. Pero hoy era el último día en esta maravillosa ciudad de amor y melancolía, lo cual implicaba una visita obligada que no podría posponerse más y que muy pocos pudieron resistirse a hacer: El Louvre. Un museo que en otras condiciones hubiera sido ya de por sí de interés general, aún tenía más seguidores ávidos de sus paredes gracias al libro de moda de la época y seguramente del año: El Código Da Vinci. Me he despertado sin dolores, a todo se acostumbra una. Michael dormitaba a mi lado, pero se ha despertado a mi movimiento. Pese a que mi despertador, (la alarma de mi móvil), no es nada discreto, la gente que había en el cuarto no parecía muy dispuesta a levantarse a desayunar. Ignorando quién habría en mi cuarto, y sin querer molestar, he bajado tal cual a desayunar. Las ocho de la mañana y el comedor estaba vacío. Mi pijama y mis zapatillas, por tanto, y gracias a Dios, no han sido vistas por casi nadie, exceptuando una pareja de españoles que desayunaron en la mesa de mi derecha. En silencio, respirando la paz que la soledad de la mañana me traía, he desayunado. Tras el desayuno, mientras subía a cambiarme, han empezado a bajar los "más madrugadores", todos con cara de haber dormido más bien poco... Les he dado un toque a los chicos, que aún dormitaban, y me he dirigido a mi cuarto. Mari no ha tardado en abrir. En el cuarto, ella, Dani, Roberto, Jorge, Héctor... Me pregunté cómo habrían dormido tantas personas en una cama de matrimonio en la que, como mucho, entraban tres. Mari me explicó luego que habían dormido tres en la cama, (ella entre Dani y Roberto) y el resto por el suelo, algo que me pareció ridículo, pues según mis cuentas, sobraban muchas camas en otros cuartos y para dormir... En fin. Nada iba a decir yo, que había dormido en una cama de ochenta con otro... Nos hemos vestido y nos hemos dirigido al autobús. Ya desde él, en aquella primera visita por París que hicimos nada más llegar, pudimos observar la emblemática pirámide de cristal que anunciaba la entrada al clásico Louvre, dándole un toque muy especial, les pareciera a los parisinos como les pareciera. Sin embargo, cuando hemos llegado allí y hemos pisado tierra firme frente a ella, cuando hemos podido observarla sin cristales de por medio más que los de la propia pirámide, ha sido muy diferente... Es una de esas cosas que, con su majestuosidad y esplendor te hacen ver lo bonita que pueden ser las cosas y lo poco que valoramos algunos lugares y aspectos de nuestro propio mundo. Para que un grupo tan numeroso como el nuestro pudiera visitar el museo, nos han dividido en tres grupos, cada uno dirigido por uno de los tres adultos que nos acompañaban al viaje. Uno fue con Francisco Medina, el director; otro con Mari Carmen Rodriguez, la actual secretaria, y un último grupo, el mío, protagonizado por los chicos de siempre, Mari y algunas chicas mas, con la mujer del director. El museo ha comenzado siendo algo curioso, ese misterio que el libro desentraña nos ha mantenido en vilo hasta que hemos llegado a la famosa Sale de Eclas; donde la Monalisa nos sonreía de esa forma tan enigmática, ocultando todo o nada en aquel gesto. Una vez recorrida esa galería, el museo ha comenzado a hacérsenos demasiado pesado, sobre todo para mentes con tantas horas de sueño atrasadas, como eran las nuestras. Además, los museos he de confesar que no son mi gran pasión, a excepción de los de ciencia, donde tú eres parte del museo, interaccionas con él y aprendes muchas cosas muy interesantes. Al salir del museo, de nuevo por la enorme pirámide de cristal, nos faltaban Jorge, Adrián, Pepe, Dani, David y Enrique. Le he dejado el móvil a Juanma para que llamara a Jorge, para ver dónde se habían metido. Éste ha contestado que ellos iban ya para el Museo de las Armas, (de L´Armeé). Michael, Héctor, Juanma y yo hemos decidido ir a por ellos, rechazando la visita que el resto del grupo haría al museo impresionista D´Orsay. Llegando al museo impresionista, Héctor, Michael, Juanma y yo abandonamos el grupo. Así, nos dirigimos en busca de un metro que nos acercara al museo de las Armas, donde se encontraba el resto de nuestro grupo particular. Entre risas, llegamos al final al museo sin necesidad de coger el metro, andando durante largo rato que pasó volando. Recorrimos la vera del Sena, lo cruzamos a través de un grandioso puente, atravesamos unos hermosos jardines y acabamos en un hermoso edificio que te daba la bienvenida con unos cañones muertos, como deberían estar todos los cañones, y un largo camino empedrado que recorrimos mientras los cañones seguían apuntándonos carentes de nada que lanzar. La entrada era gratuita para los menores de edad, así que pasamos todos por la cara menos Héctor, (cumplir en Enero tiene sus desventajas en momentos como éste). Nada más atravesar el enorme arco de la entrada, nos descubrimos en un enorme patio interior empedrado también, muy, muy grande, al final del cual había unas escaleras y una de las entradas al museo, distintas dependiendo de dónde quisieras ir. Al llegar a ella, llamamos de nuevo a Jorge para preguntarle dónde andaban, y descubrimos que el lugar que nos indicaba quedaba justo al principio, es decir, que teníamos que recorrer de nuevo el patio para llegar a la entrada por la que llegaríamos a nuestros amigos. Era la Sala de la Segunda Guerra Mundial. Soldados alemanes, signos nazis; Hitler rezumaba en cada rincón de la zona. Hitler y todos los horrores vividos en aquella guerra. Las muertes, los campos de concentración, la tristeza, el dolor, la desesperación. Los trajes vacíos de soldados y ciudadanos, parecían gritar aún de angustia; la falta de vida se hacía patente en las desoladas telas que colgaban de algún desalmado maniquí, incapaz de devolver a la vida aquellas prendas carentes de esperanza. Al fin los hallamos. Admirando un tanque de guerra, David, Jorge, Adrián y Enrique esperaban nuestra llegada. En ese instante no supe si yo debía estar allí o si mi papel se asemejaba cada vez más al de Mari, metida allá donde ellos fueran. Desechando los pensamientos de mi mente, David enseguida se acercó a mí para enseñarme orgulloso una foto en la que se le veía al lado de aquel extraño trazo negro de fondo rojo, símbolo del Nacional Socialismo, los Nazis. Sonreí; David y sus cosas, y salimos pronto del museo, en dirección al metro. Los chicos querían ir a Versalles. El Palacio cerraba a las cinco, así que decidimos ir antes de comer y ya, después de la visita, comer por allí mismo. Mapa de metro en mano, llegamos al lugar donde nos indicaba que teníamos que coger el siguiente "metro" hacia Versalles. Acostumbrados a pasar de metro en metro con el mismo ticket, sin necesidad de pasar ninguna "aduana" más, nos sorprendió encontrar cerrado el paso hacia el metro al que nos dirigíamos, y la necesidad de meter otro ticket para poder acceder a él. Jorge metió su ticket, ya usado en al anterior parada, y pasó. Asímismo pasaron el resto de los chicos. Ninguno de mis tickets abrió la puerta. Jorge me dio sus tickets usados, para ver si funcionaban, pero tampoco. Adrián salió al paso, mostrándome un pasillo abierto por el que pude pasar sin problemas, siendo consciente de que probablemente me estaba colando por la cara. Lo que encontramos no era una estación de metro normal. Estaba comunicada con el aire libre, lo que nos hizo pensar que quizás nos habíamos equivocado, pero preguntamos y enseguida nos indicaron la vía por la que pasaría nuestro metro. Tuvimos suerte, porque enseguida llegó. Una vez dentro de él, nos dimos cuenta de que también eran diferentes los mapas que había indicando las paradas y no nos costó mucho descubrir que estábamos dentro de un tren de cercanías y no de un metro. El trayecto fue largo pero ameno. Las risas y las bromas han sido las protagonistas durante todo el trayecto. Llegando a Versalles, ha comenzado a nevar, muy débilmente. Adrián ha propuesto apearnos en cualquier parada para sentir la nieve sobre nosotros, porque él no sabía de esa sensación, pero la mayor parte de nosotros se ha negado, ya que los trenes pasaban cada media hora y era una tontería. Además, la mayoría también habían sentido nevar alguna vez. Al llegar a nuestro destino, nos hemos topado con otra "aduana" en la que esta vez han fallado los tíckets de todos. Se nos ha acercado un policía y ha intentado entender qué ocurría. Por suerte contábamos con nuestro bilingüe personal, Michael, que se ha encargado de hablar con él para después explicarnos que el cambio de metro a tren de cercanías conllevaba un cambio de tícket, (lo que explicaba que al salir del metro de París hubiéramos de pasar otra "aduana"), ticket que ninguno había comprado; por lo que el policía pensaba que nos habíamos colado, (no estaba tan lejos de la realidad). Michael le ha explicado nuestra confusión y él mismo nos ha vendido los nuevos tíckets, sin demasiados problemas. Sería, desde luego, una divertida anécdota que contar... En Versalles ya, hemos buscado el Palacio, siendo éste de fácil localización. Versalles es pequeño, pero lujoso; sus edificios derrochan ostentosidad y el Palacio, al fondo de una calle, le da cierto aire mágico. La recién caída nevada, (que ya había cesado, por otra parte) había dejado el suelo húmedo y la sensación fría en el ambiente. Con hambre, pero divertidos, como siempre, hemos llegado al Palacio y nos hemos puesto en la fila que esperaba para entrar. Hacía frío y estaba muy cansada, por lo que me he sentado un ratillo; luego me he levantado y otros se han sentado, guardando la fila cada vez uno. Héctor, Adrián y Pepe han decidido darse una vuelta por los jardines del palacio mientras nosotros esperábamos para entrar. Llegando ya a taquilla, y en vista de que no volvían, hemos decidido entrar sin ellos. La entrada al Palacio ha sido otro chiste que recordar. Los mayores de edad tenían que pagar y los menores entraban gratis, (en París, ser menor de edad sirve para algo más positivo que para que los porteros de las discotecas te mandaran a freír espárragos si tenían el día raro.) David y Enrique eran los únicos que los habían cumplido, pero no deseaban pagar, así que, demostrando la inteligencia típica de las situaciones de "extrema necesidad", es decir, escaquearse de gastar dinero innecesariamente, ha dejado que los menores de edad pasáramos primero. La mujer, tras pedir el DNI a los tres primeros, nos ha preguntado si éramos todos de la misma edad, ya que nos ha visto juntos, y al decir nosotros que sí, ha hecho la vista gorda y nos ha dejado pasar a todos como menores, sin comprobar ningún DNI más. Aún riéndonos por la peripecia, hemos entrado en el Palacio. No hemos gastado demasiado tiempo en él. Hemos recorrido habitaciones y salas de estar, hemos visto cuadros, mesas, camas; todo lleno de lujo e irrealidad. Yo, soñadora como soy, me he imaginado viviendo allí, entre trajes de reyes y grandes fiestas, (siempre en el lado positivo de la realeza, para qué imaginar los contras). Pero el cansancio ha vencido a mi imaginación y, en una de las habitaciones, al hallar en el centro muchas sillas mullidas y cómodas, nos hemos sentado y nos hemos quedado un buen rato, medio dormidos, como parte más de la composición del cuarto, justo en medio. Momentos más tarde, hemos decidido abandonar nuestra visita, marcharnos de allí, comer y descansar un rato. Tras vencer la tentación de robar algún detalle tonto que podría haber salido muy caro de la tienda de Souvenirs que había a la salida, hemos salido del Palacio sin problemas. Luego, hemos decidido coger de nuevo el tres para regresar a París y comer. Pero, antes de llegar a la estación, hemos visto un Mc Donald y nuestro estómago ha sido más fuerte que nosotros, por lo que nos hemos sentado allí mismo, dispuestos a devorar lo que hiciera falta. Tras el dulce bocado tardía, (comer a las cinco es algo poco natural, sobre todo si se desayuna a las ocho y media) hemos abandonado Versalles, comprando nuevos tickets, esta vez sí, y cogiendo de nuevo el tren de cercanías, esta vez en dirección contraria. Los chicos han mostrado su deseo de ir a patinar sobre hielo, dirigiéndose en última instancia a mí. Sus miradas querían decir lo que Adrián ha expuesto con palabras: "Llévanos." Resignada, he cogido, pues, el mapa que tenía de París y he intentado establecer una relación entre él y el del metro. Sabía que la pista de patinaje tenía que estar en la zona del Louvre, pues el Sábado, tras la visita a Nôtre Dame, y en busca de un metro para ir al arco del Triunfo, la habíamos visto; y por allí también reposaba el museo. Sin embargo, no lograba situarlo exactamente. Cerrando el mapa de la ciudad, he decidido hacer caso a mi memoria y buscar el metro que habíamos cogido el día anterior para ir al arco; pues saliendo de allí estaría la pista de patinaje. He trazado los movimientos que deberíamos hacer y, al salir del tren, tras atravesar de nuevo aquella larga pasarela mecánica que separaba el metro del tren de cercanías; me he dirigido segura al metro que había decidido tomar. Los chicos me seguían sin preguntar nada, y yo cruzaba los dedos para llegar al lugar adecuado. Subíamos y bajábamos de un metro y de otro, y, tras varios transbordos, llegamos al último metro. No sabía exactamente dónde había que parar, tenía dudas entre una estación que llevaba el nombre del museo y otra que llevaba el nombre del hotel; así que me acerqué al mapa que colocan en cada estación y, situándome en la ciudad, elegí la del hotel. Nada más salir del metro, vimos la pista de patinaje. Sonreí. Me sentí bien conmigo misma. Había sabido orientarme y llegar a un lugar casi desconocido sin demasiados problemas. Puede parecer una tontería, pero para mí fue importante, y no pude evitar algún comentario al respecto... Ha sido divertidísimo. Dani ha decidido no patinar en principio, lo cual nos ha permitido cederle los bolsos, (sinceramente, no me veía patinando y menos con el peso que yo llevaba ahí dentro). Hemos alquilado los patines, nos lo hemos puesto y hemos salido a la aventura. Michael estaba acostumbrado a patinar en tierra, por lo que en principio iba muy decidido. Bastante más que yo, que hace años que no patino y que apenas había patinado en línea un par de veces años atrás. Jorge, en vista de que todos entraban en la pista sin problemas, no ha pensado que quizás es que ellos tenían más experiencia que él y ha entrado, tan campante, triunfal cuán general que gana la batalla y regresa a su país y... la torta ha sido evidente. Las risas entre nosotros han surgido al momento. Mientras se levantaba, sano y salvo, explicando su entrada ("yo he visto a todos tan convencidos que no me imaginaba que resbalara tanto"), los demás hemos entrado, poco a poco, con cuidado. Yo me agarraba a los laterales de la pista, resistiéndome a soltarme. Me sentía un poco torpe. No me he quitado los guantes, previniendo las caídas; era mejor que mis manos no tocaran el congelado hielo, ya bastante frías son ellas de naturaleza. Y sí que ha habido caídas, pero por parte de todos. Dani se ha animado a entrar y yo, ya un poco más experimentada, he cargado con mi bolso, intentado mantener aún así el equilibrio. Jorge iba de piruetas en piruetas, evitando la caída. Sus aspavientos eran realmente graciosos, pero no se caía nunca, pese a que perdía el equilibro a menudo. He podido admirar aún más ese deporte favorito mío, el patinaje artístico, sin comprender cómo consiguen hacer esas cosas cuando yo apenas me tenía en pie… Tras una hora y media patinando, vencidos por el cansancio, hemos cogido el metro de vuelta al hotel. Esta vez sí me he equivocado, pues pese a coger la línea correcta, enseguida me he dado cuenta de que las paradas que hacía el metro no nos llevaban al hotel, sino a la zona opuesta de la línea. Les he dicho a los chicos que se bajaran del metro enseguida, algo que no han entendido hasta que, una vez abajo, se lo he explicado. La broma ha sido instantánea. Adrián, con su frase: "Para qué nos fiamos de una mujer, si las mujeres no tienen orientación"; ha marcado el resto del trayecto de vuelta al hotel. Mientras dábamos la vuelta a la estación para coger el metro correcto, los gritos que me vitoreaban como "gilipollas" y que me hacían reír, por delante de ellos, han marcado nuestro paso. En una de estas me he vuelto, gritando en defensa propia que ellos ni siquiera se habían dado cuenta de que íbamos en la dirección contraria, que si no llego a estar pendiente, en lo que David me ha apoyado con una sonrisa, afirmándome después que no pasaba nada, pero que era divertido cachondearse de alguien y que lo había puesto a huevo. La cena en el hotel había sido a las nueve, así que llegábamos tarde. El director admiró nuestra visita a Versalles, pese a todo, y nosotros entramos en el hotel, donde ya estaban todos. Me duché y, con hambre ya, Michael y yo decidimos comprar una pizza y comer; aunque para encontrar el lugar donde comprarla tuvimos que dar ciertas vueltas por un París oscuro y vacío...Me ha invitado a la misma; y la comimos en mi cuarto, mientras hablábamos de todo en general y de mí en particular. La botellona ya había empezado abajo cuando llegamos. Pero quedaba mucha noche por delante... 4ª NOCHE. PARÍS. 20-21 El ambiente, caldeado por el alcohol, ha provocado incluso algún enfrentamiento. Enrique, por su parte, divertido como siempre, y armonizando la velada con su eterno “What are you waiting for?”, la melodía del viaje definitivamente; se ha disfrazado de momia, enrollándose en papel higiénico, ayudado por Héctor, Jorge y David. Tras unas risas, el recepcionista ha acabado echándonos a cada uno a nuestro cuarto, y yo me he metido en el de los chicos, apoyada por Juanma, que sabe de mi vergüenza a la hora de meterme en cualquier lado sin ser llamada. David y Enrique querían ir a por más bebida, pero el recepcionista se lo ha puesto complicado. Mari no ha tardado en unirse al cuarto en el que yo estaba, con Juanma, Roberto, Héctor, Dani, Pepe, Jorge y Michael. Tras una charla distendida, todo ha desembocado en una pequeña discusión y Mari, Jorge, Roberto, Héctor y yo hemos ido a mi cuarto, donde Roberto, con una pastilla para los dolores en general, ha caído de manera instantánea y el resto, tras una gran y divertida sesión de fotos, hemos acabados dormidos, apenas dos horas antes de levantarnos, en el suelo… LUNES, 21-02-2005. BRUJAS-BRUSELAS. EN EL PAÍS DEL CHOCOLATE Hemos despedido París hoy con sueño y melancolía. Dormir en el suelo, aunque sólo fueran un par de horas, me ha dejado un poco hecha polvo. El autobús ha llegado tarde, y hemos tenido que esperar fuera, con frío, el cuerpo fatal, cansado, muerto; las maletas; el recuerdo de un día tan triste y tan feliz; según fuera la Luna o el Sol lo que alumbrara en el cielo… El autobús que llegó era realmente lujoso, sobre todo en comparación con los anteriores, en los cuales, las personas más altas tenían serios problemas para meter las piernas. Constaba de dos plantas, y no dudamos en subir a la segunda. Tanto equipaje teníamos, que el autobús incorporó a su parte trasera una especie de cámara cerrada, donde metimos el equipaje que no cupo en el autobús, entre ello el mío. Con París hemos dejado atrás cuatro maravillosos días, millones de experiencias y muchos más recuerdos que nunca podríamos olvidar, aunque nos olvidáramos de las caras, las voces, los nombres, la gente… Durante el primer trayecto, el autobús ha hecho una parada reglamentaria, (al parecer por estas zonas está prohibido conducir más de dos horas o tres sin hacer un descanso de media, curiosidades de la vida) que nos ha dejado en una estación de servicio donde, lo más curioso de todo, es que los baños había que pagarlos. Tras este incidente comentado por todos, (es curioso que te cobren por usar un servicio “público”) nos hemos sentado a comer algo de media mañana antes de regresar de nuevo al autobús y disponernos a continuar. La primera parte del camino hacia Bruselas nos ha dejado en un pequeño pueblo, un pueblo de cuento de hadas, con casitas de chocolate, canales y estampas típicas de cuadros y, acompañando la escena, una nevada de ensueño que, con el tiempo, se tornó en temporal. Como si de un sueño irreal se tratara, las casas se levantaban ante mí como aquella pequeña casita de dulce que llevó a la perdición a Hamsel y Gretel. La nieve, que azotaba el pueblo desde que llegamos, nos acompañó durante toda nuestra visita, bañando de surrealismo el ya de por sí estupendo panorama. Nevaba y nevaba cada vez más y más fuerte. Paseamos sin rumbo por el pueblo, luchando contra la nieve, jugando con ella, envolviéndonos en los brazos de su frío amor. Al llegar a una plaza, nos hemos dado cuenta de que avanzar más por aquellas calles de país fantástico sólo nos serviría para empaparnos y constiparnos; y, hambrientos, hemos entrado en un Pizza Hut que no quedaba muy alejado de allí. En este punto, los chicos y yo hemos quedado un poco separados, quedando como vestigios del grupo inicial Roberto y Jorge; y añadiéndonos estos dos, Carlos, Mari y yo al grupo de Roberto, Inma, Maria Isabel, (la Pino, o La Vino, si hablamos con Carlos) etc… Entre risas y bromas, hemos comido en paz. El resto de la gente ha comido también allí, poco a poco han ido llegando tras nosotros. También han llegado los chicos; pero nosotros hemos salido de la pizzería bastante antes que ellos. El temporal había amainado. Ya no nevaba, y en el suelo sólo quedaban nublosas huellas de la fría magia congelada caída momentos antes. Hemos paseado por Brujas lo más relajadamente que nos ha permitido el escaso tiempo con el que contábamos, entrando en alguna tienda para comprar el más exquisito manjar de aquellos lugares: El chocolate. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, hemos llegado al autobús. La gente iba llegando y poco a poco el autobús se iba llenando. Sólo había unos pocos huecos libres. Uno a mi lado. Los chicos tardaron un ratillo en venir, lo que aprovecharon las chicas del día de Disneyland para resarcirse… De nuevo en marcha, me dormí en el protector hombre de mi compañero de viaje, pese a que David y compañía no parecían muy dispuestos a ponérmelo fácil. Finalmente, caí rendida, y no desperté hasta llegar a Bruselas. El hotel parecía acorde con el autobús. Si aquel pequeño hotel de París, donde los recepcionistas eran algo apáticos y las habitaciones estaban bien pero no eran nada del otro mundo; este nuevo hotel en Bruselas era su antítesis completa. La belleza del hotel nos dejó a todos algo alucinados; aunque en el fondo, todos habíamos cogido mucho aprecio al de París, que ya se había convertido casi en nuestra segunda casa. Las camas eran individuales, pero permanecían unidas por algún amasijo de hierro por debajo del somier. Amplias y cómodas, todos nos tumbamos enseguida en ellas para comprobarlo... Los baños eran también asombrosos. Tras una ducha pequeña y estrecha, un habitáculo donde sólo entraba uno y pidiendo permiso a las paredes; se nos abría ante nosotros un amplio cuarto de baño con dos lavabos, bañera, bidet... Tenía sus toallitas limpias, su jaboncito, ¡su calzador! La idea de un baño relajante pasó por la mente de más de uno, que probablemente estaba agotado de autobús y demás; pero no pudimos explayarnos demasiado aquellos que deseamos dar un respiro a nuestro cuerpo, porque la cena estuvo servida al poco. Qué decir de la cena, por favor. Inigualable, sin palabras. Nuestros paladares saborearon comida de verdad, algo que durante días había pasado a ser una simple fantasía de nuestros sueños. Aquel bufete, que te permitía comer hasta reventar; rebosaba de comida buena, llevándose la palma entre todos los platos aquel helado tierno de chocolate o fresa; un postre de verdad en mucho tiempo... Tras la cena, sin darnos tiempo a mucho más, el director nos invitó a hacer una visita nocturna a Bruselas, una primera toma de contacto con la ciudad a la luz de la Luna. Algunos decidieron quedarse en el hotel, su cuerpo no podía más; otros se quedaron para descansar un poco antes de la macro botellona, y los últimos, ni mayoría absoluta ni reducida minoría, nos marchamos con él a indagar sobre los misterios de la oscuridad en la capital de Bélgica. Para llegar al centro, lo que era su objetivo, tuvimos que coger un tranvía, lo cual fue una verdadera novedad para nosotros. Los tranvías recorrían, cuan trenes normales, las carreteras. Coches y vagones compartían espacio y tiempo, y lo hacían en total armonía y simpleza. A mi cabeza vino, irremediablemente, aquella rotonda maldita de París, preguntándome cómo era posible que con tanto tráfico de tan diversos palos no ocurriera nada grave aquí. Nos explicó Francisco cómo sellar el tícket, así como nos adelantó que su validez era de una hora, así que habría de intentar volverse antes de que caducara. Tras equivocarnos de tranvía una primera vez, cogimos el adecuado; que nos dejó en alguna zona céntrica pero perdida a nuestros ojos. Caminamos un buen rato, disfrutando con la famosa fuente del niño cuya agua no es precisamente tal, “Manheken pis” o “niño desnudo”, traducido al español, y luego, admirando la hermosa plaza central, con sus catedrales ornamentadas y sus luces, y su hermosa paz y tranquilidad. Hacía bastante frío y estábamos muy cansados; pese a no haber caminado demasiado, las horas en el autobús a veces son el peor enemigo de las piernas. Por todo ello, decidimos regresar al hotel temprano. El problema fue que “el hombre propone y el destino dispone”; y al sentarnos en la parada del tranvía se comenzó a oír aquello de que el último tranvía había pasado ya, (de hecho, nosotros habíamos visto uno de camino a la parada, y supongo que ese fue el último)… Vimos pasar, resignados y con algo de esperanza, un tranvía tras otro, ninguno nuestro número. Veinte minutos después, arrecidos todos por el frío y el cansancio, nos fuimos a otra parada, por si podíamos, al menos, coger otro tranvía que, si bien no fuera el nuestro, nos acercara un poco a nuestro destino. No hubo suerte… Francisco nos propuso irnos andando o esperar, y preferimos estirar las piernas y entrar un poco en calor, con el ejercicio. Esperar sentados era todo un suplicio. Media hora caminando acabó por llevarnos de vuelta al hotel, al cual todos entramos cuan hijo pródigo que regresa al hogar. De hecho, supongo que no era para menos. La sangre aún tardó unos instantes en llegar a manos, pies y cabeza. Pero la noche, aún así, era muy joven… ¿Dormir? Eso siempre ha sido relativo en este viaje… 5ª NOCHE. 21-22 BRUSELAS. Carlos no ha tardado en llegar a mi cuarto, del cual dejé la puerta semi abierta, más que nada para no tener que levantarme si alguien quería entrar. Mari tenía la tarjeta, pero siempre se podían tener visitas inesperadas, como ésta. Mi pequeño inquieto amigo ha entrado a mitad de una extravagante conversación con Enrique, que no deja de sorprenderme. Las risas sin sentido de nuestro amigo me han afirmado que estaba bastante bebido, lo cual él mismo ha confesado. Media botella de vodca tiene su efecto…La Pino venía también con él, igualmente bebida, y nos animaban a bajar al “fiestorro de recepción.” Sonriendo por la expresión de ambos, he rechazado también su propuesta. No han insistido mucho y se han marchado. En compañía de Enrique, se me ha pasado el mareo, probablemente causado por el frío y la falta de sueño. Un ratillo después, supongo que animados los dos, hemos decidido dejarnos de dormir e irnos al cuarto de los chicos, a ver qué hacían. Allí estaban Jorge, Michael, Juanma, Roberto, Héctor. Estaban viendo la televisión, (¡sí, el cuarto tenía televisión y todo). Se hablaba de hacer o no botellona; habiendo diversidad de opiniones. Era tarde y no había muchas ganas; el cuerpo aguanta de todo, pero a veces pasa factura. Sin embargo, el fiestón de recepción ha sido más fuerte que ellos y han decidido bajar. Nos hemos quedado en el cuarto los más tranquilos: Jorge. Héctor, Juanma y yo. Tumbados en la cama, en medio de una insólita sensación de relajación, (la interrumpida en mi maravilloso baño), hemos dejado que el sueño nos venciera. Poco han tardado en aparecer por la puerta dos chicas, insistiendo en que bajara yo a recepción para cantar. No era mi intención, y menos con pijama y en zapatillas, pero me han sacado de la cama, literalmente, y he acabado abajo. Menos mal que la borrachera era tan grande que, nada más llegar, me han olvidado. Me he acercado a Carlos, que me ha dicho: “quédate un rato”, pero en cuanto he podido me he largado de allí. El recepcionista me ha preguntado si molestaba arriba en un perfecto español, (el hotel era de Cataluña); y le he dicho que no, que no se oía nada, que no se preocupara. Su amabilidad ha sido inesperada. De nuevo arriba, me he tumbado y, ahora sí, he volado al mundo de los sueños, segura de que al despertar seguiría teniendo entre mis brazos a un sueño mismo… MARTES 22-02-2005. BRUSELAS- AMSTERDAM. EL DÍA Y LA NOCHE. He despertado entre Héctor y Juanma. Jorge se ha despertado un instante después. Mi despertador-móvil es bastante efectivo, lo lleva demostrando durante todo este maravilloso viaje de ensueño. Tan sólo Juanma estaba en su habitación correspondiente, así que pronto se ha quedado solo, mientras los demás nos vestíamos para bajar a desayunar. La noche fue demasiado loca para muchos. La resaca se olía en cada rincón del comedor, al que he bajado, ya vestida, poco después. He desayunado con Roberto, que me ha vuelto a pedir algo para sus eternos dolores post-borrachera; Juanma, Michael y Jorge, mientras que Mari lo hacía con Carlos y demás. El desayuno, al igual que la cena, ha sido memorable. De entre mil cosas por escoger, me he decidido por una comilona de pan tostado con jamón y queso, (un queso exquisito); cereales, un dulce y un cola-cao; aunque al final he dejado un poco de todo, (mi estómago no es tan grande). Tras el opíparo desayuno, he subido al cuarto a terminar de organizar las cosas; Mari ha estado conmigo, aunque ella tenía muchas más cosas que organizar, puesto que yo la noche anterior ya había organizado casi todo y sólo me quedaba organizar los últimos detalles. Maletas en mano, nos hemos peleado todos con el ascensor, puesto que la tecnología impresa en su sello impedía que llegara nunca al piso que deseábamos. Muchos chicos han bajado las escaleras, pero sinceramente, para mí eso era una “Misión imposible”. Mi maleta y mi bolso pesaban veinte o treinta veces yo, y no me veía con fuerzas para bajar tres pisos con ella. Cuando al señor ascensor le ha dado por llevarnos a recepción, hemos estado esperando allí un ratillo, hasta que el autobús ha llegado y hemos metido en él todo el equipaje. No tenía “cámara” como el anterior y, evidentemente, las maletas no cupieron. Así que tuvimos que volver a lo tradicional. Las maletas sobrantes viajaron con nosotros dentro del autobús, cuan alumnos más. El lujo quedó atrás con el hotel de Bruselas. El autobús volvía a ser pequeño y las piernas de los más altos volvían a resentirse. El viaje no fue muy largo, teníamos toda la mañana por delante para desentrañar los secretos de Bruselas. Hicimos una visita común a la Catedral de Sant-Michel; una hermosa y amplia Iglesia donde nos hicimos fotos entre grandes ornamentaciones y curiosos tronos. Nos quedamos allí un tiempecito, lo que nos dejaron, puesto que fuera hacía un frío horrible y dentro no se estaba nada mal. Pero finalmente abandonamos la casa del Señor y, andando, peleándonos contra el frío y el sueño, (otros se peleaban consigo mismos, una noche loca tiene sus consecuencias); nos dirigimos hacia la plaza que la noche anterior habíamos visitado y que ahora, de día, aparecía ante nosotros como algo completamente diferente. Quedamos en reunirnos en el autobús a la una; en ese tiempo podríamos hacer lo que quisiéramos. No nos separamos inmediatamente, aunque hubo un momento en que Carlos, Juanma, Michael, alguno más que no logro recordar y yo nos perdimos del grupo, y tuvimos que llamar a Lucía para volver con ellos. Lucía, Miriam y su gente, así como los chicos, Mari y yo, recorrimos con el director parte de Bruselas, hasta llegar a una avenida muy amplía en la que él nos indicó que podíamos llegar a diversos lugares. No sé cómo, Adrián, Juanma, Michael, Pepe y yo acabamos separados de todos los demás, caminando sin rumbo fijo, en busca del Ministerio de Defensa y algún que otro lugar característico de la ciudad. Había muchísima vigilancia; ya nos habían avisado que nuestro presidente de los EEUU, el señor Jorge Arbusto, pasaba unos días en la embajada, y se respiraba su presencia en el ambiente. Policías, coches muy lujosos, etc… La ciudad no tenía escapatoria. Paseando, recorrimos hermosas plazas, con jardines en todas partes; pudimos maravillarnos de algunas de las construcciones de Bruselas. A eso de las doce, el estómago nos llamó al orden y decidimos hacerle caso. Antes de entrar en ninguna parte, nos paramos en una tienda de chocolate. Seguíamos en el país donde este manjar es toda una delicia, y no dudó Adrián en comprar cajas de bombones carísimas, con una gran variedad de los mismos; encargándose de la traducción Michael, al que el señor le regaló un Papa Noel de chocolate a forma de chupa-chups, igual al que le regaló a Adrián por su generosa aportación al negocio. Yo me compré un conejito de chocolate que me enamoró. Tras esta parada chocolateada, nos encontramos, casi al lado, un restaurante de gofres y otros dulces apetitosos, y entramos, atraídos por el postre. Una vez allí, decidimos comer en condiciones, siendo nuestros manjares pasta, entrecot y pinchitos. Sin lugar para el postre, salimos a la calle con el estómago lleno y algún tiempo por delante que no sabíamos en qué emplear. Volvimos hasta el lugar donde nos habíamos separado de todos, y de ahí, nos metimos por una callecita llena de comercios, techada de cristal, muy, muy extraña y bonita. En mitad de la misma colgaba una vaca de madera con alas a la que todos se quedaban mirando, (nosotros no fuimos menos.) A la salida de dicha calle, nos encontramos frente al autobús, pero era demasiado pronto y nos dedicamos a recorrer la amplía avenida en la que estábamos. A mitad de la misma, había un enorme muñeco con un cactus en la mano, seguramente símbolo de algo, con el que nos echamos una divertida foto. Caminando, caminando, encontramos una tienda de videojuegos y juguetes, y entramos, para ver si el tiempo corría y podíamos regresar al autobús pronto. Estábamos un poco cansados. Al salir de la misma, nos entretuvimos regresando por otras calles al autobús; dándonos tiempo a visitar una última placita antes de volver. Una vez en el autobús, (fuimos los primero en llegar) nos sentamos en espera de que los demás regresaran, algo que hicieron poco a poco, pero sin tardar demasiado. Una vez el autobús se puso en marcha, dirección Ámsterdam, me dediqué, como otros muchos, a dormir. Hicimos, antes de tomar rumbo a Holanda, una parada en el Atomium; un enorme monumento que representaba una estructura atómica de algún elemento químico, y al que yo decidí ver en las fotos de los demás. Nevaba, hacía frío y mis pies ya no respondían como era debido. Cinco minutos de parada, y, con todos de nuevo dentro del autobús, abandonamos Bélgica sin darnos cuenta, dormidos, somnolientos, pero con la parte del viaje más esperada por algunos a punto de comenzar. Ámsterdam se presentaba a todos como la ciudad sin límites; la legalización de las drogas se aparecía como la mayor liberación y el Barrio Rojo el más delicioso de los descubrimientos. Para muchos, Ámsterdam debería haber sido nuestro destino más largo; dos días y dos noches era demasiado poco para disfrutar de toda aquella libertad. Pobres ilusos. Como si la vida se redujera a seño y drogas, y el único fin de aquel viaje de fin de curso fuera beber, fumar y… Tras un pequeño recorrido, llegamos al fin a Ámsterdam. Las calles eran realmente amplías, por lo menos en la que nos dejó el autobús; en ella convergían bicicletas, tranvías y coches, todos perfectamente armonizados, como si fueran bailarines en una coreografía ensayada mucho tiempo atrás. Desde luego, los que menos derecho (y espacio) teníamos éramos nosotros, los peatones, que en Ámsterdam parecían no existir si quiera. La mayor parte de nosotros caminó un largo rato por la calle de las bicicletas, hasta que un par de casi atropellos nos hizo entender que éramos nosotros los que íbamos mal… Cargados con las maletas, en un cansancio absoluto regalo de la siesta interrumpida y el sueño mal recuperado, tuvimos que caminar durante un sendero que se me hizo eterno hasta llegar al albergue, escondido a las puertas de un parque verde y romántico en el que pocos nos fijamos aquel día. Cuando por fin llegamos a él, y tras el reparto de habitaciones, que esta vez Mari y yo tuvimos que compartir con Imna y María Luisa; bajamos a cenar. Como en todos los lugares donde habíamos estado, su cena era nuestra merienda. También era un bufete, mucho menos lujoso que en Bruselas, pero con comida caliente. El primer plato siempre era a elegir sopa o ensalada, el segundo era el plato caliente ya cocinado, sin lugar a elección, y el último, el postre, a elegir entre fruta o algún postre especial. Finalizada la cena, subimos a organizar un poco los cuartos. Hacer las camas de la litera fue muy complicado; los chicos bajaron diciendo que eran incapaces de comprender qué tenían que hacer; está claro que subimos a ayudarles. El director nos ofreció la posibilidad de visitar Ámsterdam por la noche, para hacernos una idea de la ciudad y saber más o menos por dónde debíamos o no tirar al día siguiente. Su propuesta fue seguida por muy poquitos, entre ellos, Carlos y yo; que haciendo caso omiso a nuestro cansancio, decidimos disfrutar del todo de nuestro viaje. Caminamos por numerosas calles, admirando los canales iluminados por el candor de la noche; miles de tulipanes de madera y plástico esperando ser sustituidas por las de verdad, tan típicas de allí; y los kofee shop; los bares donde las cervezas se acompañan de porros y las magdalenas llevan una sorpresita de hachís… Tras la pequeña guía turística, el director, su mujer y Mamen, se fueron a tomar una cervecita, tan famosas también en el lugar, y nos dejaron entrando en un kofee shop. El olor a María nos embargó nada más entrar. Era, para qué negarlo, un olor fuerte y demasiado concentrado, pero, en todo caso, muchísimo más agradable que el olor a tabaco que inunda los bares de Estepona. Colocados por el olfato, pedimos bebidas y una magdalena de Hachís para tomárnosla entre todos. Algunas chicas pidieron directamente maría para hacerse algún porro que con experiencia enrollaron y fumaron mientras nosotros mordíamos aquella chocolateada exquisitez que contenía en sí algo mucho más fuerte. Animadas por la novedad, Marta y yo nos lanzamos de cabeza a la piscina y nos pedimos una magdalena cada una, pese a los seis euros que costaban las jodidas; un día es un día. Carlos se reía de mí, veía divertida la situación. Con ganas de probar un poco de todo, hasta le di tres caladitas a un porro, (tres no por gusto, sino porque las dos primeras no tomé nada, a fumar también hay que aprender…). Magdalena en mano, y entre bromas, Marta y yo nos pusimos moradas. Yo guardé un poquito, más por acallar mi conciencia, (que tras leer en el prospecto lo poco recomendable de la ingestión de aquel dulce estaba mosca) que por otra cosa. Salimos poco después de aquel ambiente que comenzaba a ser demasiado caluroso y pesado, yo ya no sabía si por el ambiente en general o por mi magdalena en particular. Creo que Marta y yo nos observábamos, en busca de algún síntoma raro, pero el caso es que nos sentíamos bien. Llegamos al albergue entre bromas y risas con el director y demás. Una vez en recepción, donde estaban Jorge y Roberto jugando al billar, hablamos de la magdalena y saqué el trozo que me había sobrado para ofrecérselo y que lo probaran, pero apenas le dieron un bocado, llegó la mujer del director y se tomó el resto, “para probar”. Sonreí ante esta inesperada aptitud y subí al cuarto, dispuesta a ducharme y disfrutar de la noche. Pero la magdalena me esperaba… 6ª NOCHE. 22-23 AMSTERDAM. En mi cuarto dormían, enfermos, Maria Luisa, su novio, Inma y su novio y la Pino, ocupadas pues todas las camas. Cogí en silencio mis cosas y las subí arriba, a la habitación de los chicos, esperando que me dejaran ducharme allí y me acogieran, con más vergüenza que otra cosa… No había nadie en el cuarto y dudé qué hacer. Al lado del cuarto de los chicos había una mini-ducha, pero, aunque me metí, me dio cosa ducharme allí, que no había siquiera pestillo, ni luz ni nada. Total, que dejé la maleta en el suelo y bajé a recepción, en busca de algún chico que me dejara la llave. Al llegar casi abajo, me di cuenta que no tenía llave. Menos mal que para atravesar el pasillo aquel sólo había que tener llave en dirección recepción-bloque y no al revés. Encontré a Enrique por el camino y él mismo me llevó hasta el cuarto. Comenzaba a sentirme extraña, pero supuse que era el cansancio. Cuando Enrique me dejó sola, me metí en la ducha y dejé que el agua resbalara sobre mí, relajándome, relajándome… Enjuagándome el pelo estaba cuando empecé a sentirme mareada. Me salí enseguida de la ducha, no quería problemas, y me puse a secarme el pelo, ya en pijama, con más ganas de acostarme que de nada. Necesitaba que viniera alguien. La habitación comenzó a dar vueltas y dejé el pelo a medio terminar, sentándome en una silla ya apoyándome en la mesa. Las fuerzas me fallaban, todo se me antojaba un esfuerzo eterno. Las manos se me resbalaron y acabé sobre la mesa, dormitando, perdiendo la noción del tiempo. Escuché de pronto una llave y la voz de Carlos anunciando que allí estaba yo, como si llevara buscándome algún tiempo. Mi cara debía ser todo un poema cuando levanté la mirada. La cabeza me pesaba… Carlos sonrió y los chicos se rieron. Comenzaron a meterse conmigo tipo “Parodi la porreta” y demás comentarios por el estilo. No estaba. Yo no estaba. Me reía, me hacía gracia, pero me sentía bastante mal. Carlos me dijo que me había buscado para ver cómo me había sentado aquello, que Marta andaba por ahí fatal. Por los comentarios de los chicos, debían saber toda la historia. El método de Carlos fue que me diera el aire. Yo sólo tenía frío, pero él me levantó y me llevó, por las escaleras, hasta un piso más alto, creo, para sacarme al aire libre. La verdad es que no puedo precisar si me subió o me bajó. Sólo sé que de repente estaba al aire libre, muriéndome de frío. Marta apareció sujeta por dos amigas, en un estado similar al mío. Nos reímos al vernos, y quisimos bromear, pero nos fallaron las fuerzas. Por el ascensor salió mi salvación. Jorge y Roberto que me sacaron de aquel lugar tan frío y me llevaron de vuelta al cuarto, diciéndole a Carlos que no estaba yo para estar de pie y en pijama al aire libre. Me pregunto Roberto que qué quería hacer y yo pedí una cama, yendo, por inercia y confianza, a la de Juanma. Me tumbé mirando hacia el techo, en este caso, la litera de arriba, y supe que no me levantaría de allí. Me sentía caer, caer bajo la cama, más allá del suelo, caer y caer, mientras el cuarto giraba a mi alrededor. Se sentó Michael a preguntar cómo estaba, se preocupó Juanma, se quedó conmigo Héctor. David se acercó a mí para preguntarme si me molestaban con sus gritos y eso, y contesté que no, que además, estaba en su cuarto y eran libres de hacer lo que quisieran; pese a que agradecí su preocupación. Me dijo que era porque se iban a emborrachar, que si necesitaba paz no era el lugar mejor y le dije que no se molestara por mí, que estaba bien. Necesitaba estar con ellos. Por una vez, necesitaba que me rodearan, que me acompañaran. No me veía para estar sola ni con nadie que no fueran ellos. Creía que podrían comprender mi estado, ellos se emborrachaban cada Sábado y, aunque les daba por otras cosas, supuse que eran de las personas que más podían ayudarme, sobre todo porque eran amigos míos. Escuché una cama chocando contra algo, escuché a David reírse. Escuché jaleos de botellas, la mesa arrastrada a no sé dónde; Juanma me preguntó cómo estaba, sentándose un rato junto a mí, contándome que él había fumado porro y había comido magdalena y estaba perfecto, que no entendía por qué yo no. Casta me gritaba que me levantara, que aprovechara que estaba colocada para divertirme. Yo no podía moverme. Lo último que escuché fue algún golpe y los chicos preguntándome cuál era mi habitación. Ni siquiera pensé qué les estaba diciendo. Caí dormida en algún sueño del que nadie me pudo sacar… LA NOCHE DE LOS NINJA TATORI… Esta noche no me corresponde a mí contarla; en todo caso esto es una trascripción de lo que me han contado, un resumen breve de aquella noche divertida en la que yo caí en coma profundo. Es probable que no sea todo así exactamente, mi mente confundirá seguro momentos y tiempo, pero lo importante es el hecho en general; así que, con permiso de los verdaderos protagonistas de la noche, te contaré lo que creo ocurrió. Al parecer, los chicos habían ido a un Koffee Shop también, pero por su cuenta y riesgo, y allí se habían comprado un porro cada uno, (ya hecho) para fumárselo, que ya puestos, hay que probar de todo. También ingirieron alguna de mis maravillosas magdalenas de chocolate con premio; llegando, sin embargo, perfectos al albergue, dispuestos a continuar la juerga con su droga favorita: el alcohol. Cuando yo estaba en proceso de decadencia, alguien me dijo que no me perdiera el espectáculo, creo que los chicos iban a hacer un streap tess o algo de eso; pero mi cuerpo no supo reaccionar y lo último que escuché fue la graciosísima risa de David, sacada de algún programa de humor… La juerga continuó sin mí. Los chicos siguieron bebiendo, gritando y riéndose. Como siempre, (aún estando sobrios lo hacen) les dio por destrozar todo tipo de cosas. En el patio del recreo donde pasamos la media hora diaria, se dedican a tirar pelotas contra las lámparas, colgar sillas de los árboles o lanzar mesas contra la sufrida pared de azulejos que ya presenta alguna cicatriz que otra. En el albergue se ensañaron un rato con la mesa y luego, a falta de otra cosa, se fijaron en las camas, y ya puestos, en las que tenían a alguien encima. Menearon un rato mi cama, de alguna parte a otra, trasladándola entre todos; y luego, en vista de mi pasotismo, (realmente casi ni me enteré); atacaron a Carlos y a Michael, que estaban acostados en sus respectivas literas. A modo de procesión, cogieron la litera y la pasearon, cantando “la saeta” o algo por el estilo, rezándole al “Santo Carlos”, mientras éste rezaba a Dios para no caerse. Cuando el vaivén se le hizo realmente peligroso, Carlos saltó de la cama y decidió bajar a comprar una botella de agua. No sé en qué momento de la noche surgió lo de los Ninja. El caso es que los chicos se convirtieron de un momento a otro en Ninja Tatori, presidiendolo todo Shin Chan, seguido de Shin Estatura, Shin Coleta, Shin Papeles, Shin Sombra, Shin Vergüenza… Los recién bautizados “Ninja Tatori” ya tenían una misión… Proteger a Carlos. “Pistolas” en mano, y aptitud interesante, David, Juanma, Javi, Roberto, Dani, Enrique, Adrián y Jorge rodearon a Carlos cuán barrera infranqueable y se dedicaron a escoltarlo escaleras abajo, mirando a un lado y otro del pasillo, por si el camino estaba o no “despejado” y por si se encontraba “todo en orden.” Cuatro pisos y dos pasillos más abajo, Carlos compró su botella de agua rodeado de locos encantadores embriagados por el alcohol, que felices y orgullosos de haber completado su primera misión, decidieron ir a por una segunda. Carlos y Michael, entretanto, decidieron buscar otro cuarto para dormir un ratillo y evitar problemas, bastante posibles teniendo en cuenta la que estaban armando. La cosa era ir a mi cuarto en busca de mi queridísima compañera Mari, que supuestamente les había pedido que la avisaran cuando llegaran del Koffe Shop, que no importaba que estuviera dormida, que la despertaran. Guiados por mi indicación, fueron a la habitación trescientos nueve y pegaron en la puerta, dispuestos a completar su nuevo destino. Nadie contestó. Insistieron, pero nadie salió. Decidieron recorrer con cautela nuevos pasillos del albergue, hasta que se rindieron… Más bien, escucharon al director salir del cuarto y huyeron echando virutas… Ante el fracaso, subieron al cuarto para practicar nuevas técnicas que les permitieran completar su misión. Se lo estaban pasando como enanos, estaba clarísimo. Arriba, se preguntaron cómo podía haber fallado la misión y se dispusieron a intentarla de nuevo en su tercera misión, similar a la segunda pero con experiencia. Pero, justo cuando iban a salir, el director les esperaba en la puerta. Enrique se dio de bruces con “la realidad” y se dio la vuelta, diciendo: “nos han pillao”… Juanma, que se había tumbado poco antes, se acababa de levantar para avisar a los chicos de que los iban a pillar, y Jorge, en ese mismo instante, se acostó en la litera, justo sobre ese bulto inerte que era yo a esas alturas de la noche. El directo, enfadado por el ruido, por la infracción de las normas y por todo en general, llamó a todos y cada uno de los padres de los levantados, comunicándoles que había ocurrido un incidente con el hijo y que se los pasaba para que ellos mismos se lo explicasen a sus respectivos. Algunos padres se asustaron más que los propios hijos, aunque la cara de Adrián, al que la sola mención de llamar a sus padres le había bajado toda la borrachera a alguna parte del subsuelo, era un poema digno de leer. Todo quedó en aquello, y la noche terminó con la suerte de Jorge, que se durmió en el momento adecuado, de Carlos y Michael, que aunque regresaron mientras el director estaba allí fueron vistos como ajenos a todo aquello, y la mía propia, que dormía sin enterarme de la existencia si quiera de aquellos divertidos ninja que para siempre quedarían en la memoria de todos. La noche se despidió de todos en pleno silencio, con el eco del director al fondo y el buen rato que todos habían pasado guardado en algún rincón de la mente y del corazón. MIÉRCOLES 23-02-2005. AMSTERDAM. MÁS ALLÁ DE LA LEY. La mañana ha despertado pronto, como todas las de este viaje en el que la palabra dormir es totalmente desconocida. Tras vestirme, de nuevo en mi cuarto, he bajado a desayunar. Sentada en una mesa, sola, comencé a desayunar, preguntándome cómo podría beberme ese triste vaso de leche que tenía delante,( en el bufete sólo había leche o zumo, pero ni rastro del cola-cao; para mí la leche sola es terrible…) En esas estaba cuando el director se ha sentado delante de mí, y se ha puesto a desayunar, charlando un rato conmigo de todo un poco. En ese momento, Brenda se ha acercado a preguntar por lo que mi mente llevaba tiempo preguntándose: el cola-cao. El director le ha indicado entonces dónde estaba, y allá que he ido yo también, para descubrir que no había cola-cao, pero sí una máquina de chocolate, así que me he hecho uno riquísimo. Francisco me ha preguntado si tenía hambre, mirando con cara sonriente la enorme cantidad de dulces de mi plato, y le he dicho que eran más bien para probarlos todos y mañana así poder comer directamente mis preferidos. Adrián ha bajado a desayunar y ha saludado directamente a mi interlocutor, cosa que me ha llamado mucho la atención, (recuerda que yo la noche la pasé entera fritita, por lo que no sabía aún nada de su visita a los chicos…) Cuando he terminado de desayunar, han llegado Mamen y la mujer del director, así que he tenido la excusa perfecta para levantarme de la mesa. Teníamos guía programada por Ámsterdam a pie, así que, casi sin haberme terminado de despertar del todo, todavía con el cuerpo bastante regular, hemos salido todos al frío de la ciudad. Con acento curioso, pero buen español, teniendo en cuenta lo diferente de su idioma al nuestro, (nos ha dicho un par de cosas en flamenco y la verdad es que eran todas rarísimas); la guía nos ha ido explicando curiosidades de cada calle, de cada rincón por el que hemos pasado, de los holandeses en general y, sobre todo, alguna que otra broma sobre su relación con los belgas; siendo ambos gentilicios totalmente opuestos… Lo que más me ha impactado ha sido una zona en la que hemos pasado y en la que, según al guía, se refugiaba la gente durante la Segunda Guerra Mundial, antes de que la mayoría murieran asesinados… Supongo que todo lo referido a las guerras me choca mucho, soy un poco sensible… También con la guía hemos atravesado el famoso Barrio Rojo, decepcionante a esas horas de la mañana, en la que todos los escaparates estaban muertos, vacíos, sin vida, (aunque tampoco sé si con gente dentro tendrán mucha más vida…) Tras lo que nos ha parecido una eterna vuelta por la ciudad, (no sólo yo estaba cansada), la guía se ha despedido de nosotros y nos han dejado solos, avisándonos el director que tuviéramos cuidado con las calles, que generalmente eran circulares, y podías tirarte mucho tiempo andando para acabar llegando al mismo sitio de partida. La pista de patinaje sobre hielo ha hecho que gran parte del grupo nos quedáramos allí, todos patinando, durmiendo yo. Una hora y media después, hemos ido a comer a un Burguer King cercano, donde hemos comprobado que también en Ámsterdam los baños se pagan, y no precisamente por estar especialmente limpios… A la hora de la siesta hemos sobrevivido muy poquitos, los cuales nos hemos dedicado a recorrer Ámsterdam a través de su calle principal, larga y llena de tiendas. Luego, hemos querido regresar a casa, memorizando el camino por el que vinimos. Atravesamos, de hecho, el barrio rojo, que a aquellas alturas de la tarde, ya comenzaba a tener en sus escaparates alguna vida rota, alguna mirada perdida, algún alma descarriada. Eran las prostitutas mayores, las de otro color, las más baratas. Para la noche se reservaban aquellas de mayor “caché”. Tras uno de los cristales nos miró una joven de apenas dieciocho a lo sumo; con la mirada pervertida y los ojos vacíos. Realmente, nos dio a todos mucha pena. Bajo aquellos cuerpos semidesnudos, había, en general, una vida triste y desamparada cuyas puertas estaban cerradas para siempre, por muy abiertas que estuvieran el resto de las partes de su cuerpo… Una vez dejado atrás la calle central de aquel barrio, quisimos entrar en uno de los miles de sex-shop de la zona. Divertidos, investigamos alguno de los extrañísimos órganos que había por allí, imaginando en muchas ocasiones sus inverosímiles usos. Cuando hemos terminado de saciar nuestra curiosidad y hemos salido, con un condón un tanto extraño entre las manos; hemos continuado el regreso de vuelta al albergue, sin pensar que nos fuera a llevar demasiado tiempo. Pequeños ilusos. La ciudad, rota entre canales, constaba de diversos puentes por los que llegar de una parte del canal al siguiente, y en uno de ellos tomamos el puente equivocado y perdimos el rumbo por completo... Entramos en una pastelería y preguntamos por el nombre del parque cercano a nuestro albergue; y un muchacho nos explicó el camino, asegurando que estaba bastante lejos y en un inglés demasiado rápido como para que lo pudiéramos comprender bien. Siguiendo más o menos sus pautas, nos encontramos con otras personas que poco a poco, y en inglés perfecto, nos fueron indicando la dirección al albergue; aunque si no llega a ser por una muchacha española que nos orientó en nuestro idioma, no habríamos llegado jamás. Una vez en la plaza del Koffe Shop, desde la cual nos orientábamos perfectamente, decidimos que, ya que estábamos por allí, podríamos ir a visitar el Rukmuseum, el más cercano de los dos que el director nos había recomendado. La entrada era gratuita para los menores de edad, así que no nos preocupó que cerrara un ratillo después. Echamos un rápido vistazo a todo, nos encontramos con el director y su familia, y salimos de nuevo al jardín de la entrada del museo. Tras el inciso, regresamos sin más problemas al albergue, donde me duché, estando tumbados aún los pequeños enfermos. Ya habían mejorado, así que me quedé con ellos un rato, hablando de todo. Carlos se unió poco después a la conversación, y Jorge y Mari abandonaron pronto el cuarto. El director vino, poco después, a preguntar por lo enfermos, de los que se había encargado en la medida de lo posible, y se quedó un rato hablando con nosotros, recordando, divertido, la escena de los ninja tatori… Cuando el director se fue, yo terminé de organizar la maleta y nos preparamos para bajar a cenar. Me senté de nuevo enfrente de Adrián, con el resto de los chicos ya en la mesa, recién levantados prácticamente. Sus planes eran, al parecer, ir al Barrio Rojo al terminar la cena, lo cual me pareció un poco arriesgado. Si el barrio por la mañana era ya tétrico, qué sería de él por la noche… Haciendo tiempo, nos pusimos a jugar al billar de recepción. En esas estábamos cuando aparecieron de pronto cuatro Maris por el lugar, las dos verdaderas, Roberto y Salvi; con moños en la cabeza, faldas, botas, tops, pintura… Estaban realmente graciosos. Quedan dos fotos, constancia de aquello. La locura, a veces, es natural, y no necesita de alcohol. Unas cuantas partidas de billar más tarde, subimos al cuarto. En un intento por organizar la maleta, los chicos se vieron abrumados. Yo, que después de haber organizado la mía, (misión imposible) tantas veces, le había cogido el gusto; me ofrecí a ayudarles, y mientras Juanma se duchaba hice la suya; ayudando a Michael posteriormente. Los chicos llegaron a la habitación poco después. Se iban a ir todos al Barrio Rojo; Michael y Juanma insistieron para que les acompañaran, pero estaba completamente muerta y, además, no me fiaba de aquel Barrio. No quería ser una carga para ellos. Michael me dejó, pues, su discman para que me entretuviera; Juanma su tarjeta, para que pudiera entrar y salir del cuarto como quisiera. En cuanto se fueron, me dispuse a saborear mi soledad. Estaba feliz, así que la soledad no me hacía daño. Me daba mucha pena que el viaje se acabara ya, realmente había, no sólo cumplido mis expectativas, sino superado las mismas con creces. Me puse el pijama mientras pensaba esto, y justo cuando me iba a tumbar en la que ya era nuestra cama, (de Juanma y mía), entraron Carlos, Maria Luisa, Salvi, la Pino por la puerta. Total, que hablando, hablando,, estuvimos un buen rato entretenidos, mientras yo esperaba en silencio que aquella cama en la que estaba sentada la ocupara pronto otra persona, llenando el hueco vacío a mi izquierda… 7ª NOCHE. 23-24 AMSTERDAM. LA ÚLTIMA NOCHE. Tras la charla, un par de horas después de su marcha, regresaron los chicos, encontrándose en su cuarto a todo aquel grupo tan variopinto. Se quedaron un poco cortados al principio, pero luego se fueron acomodando. El grupo se decidió por abandonar el cuarto. Al cerrar la puerta, los chicos se tumbaron en sus camas, organizando los últimos detalles. Juanma se acostó junto a mí, haciendo que me tumbara y abrazándome de nuevo a él, de nuevo tan cerca, de nuevo tan mío, de nuevo tan tierno. Sobre nosotros, descansaba Jorge, sin decir nada. David y Enrique se iban a duchar. Adrián, por su parte, organizaba su maleta, y me dio a probar la piruleta de Papá Noel que le había regalado el hombre de Bruselas y la cual también tenía yo por gracia de Michael. Tras David, fue Enrique quién entró en la ducha, acordándose de los parientes del agua cuando se quemó, (en aquellas duchas, regular era un verbo desconocido). Luego, se puso a cantar y Juanma y yo reímos. Perdí, tras ello, el concepto de realidad. La última noche fue tranquila y llena de melancolía, como si en ella pretendiéramos todos mantener la última experiencia del viaje, el último aliento, esa felicidad vivida que, poco a poco, se nos iba… JUEVES 24-02-2005. EL REGRESO. El día ha amanecido con una brisa de tristeza y adiós. El tiempo, al parecer, acompañaba ese sentimiento de todos, a la vez que iluminaba un poco el gris día: Había nevado. El parque cercano al albergue estaba completamente blanco, cubierto por aquel extraño fenómeno de la naturaleza que todo lo ilumina y enfría. Tras el opíparo desayuno, hemos tenido que bajar las maletas para dejar las habitaciones libres. Las hemos metido todas en un cuarto que había cerca de la recepción, cerrándose la puerta tras nosotros con llave. Por el resto, hemos tenido toda la mañana libre, quedando a las cuatro para recoger las maletas del cuarto. Los chicos y yo nos hemos quedado en recepción, jugando al billar, aunque la mayor parte del grupo se ha ido a despedir a Ámsterdam, de regreso al Barrio Rojo y compañía. La mañana ha transcurrido entre partidas y conversaciones cargadas de bromas y ánimo. Pero en el ambiente se respiraba la despedida. Al subir, donde ya estaban todos comiendo en una mesa, he encontrado, con sorpresa, que la sala estaba llena de palomas que convivían con nosotros sin ningún tipo de problema. He comido observando, divertida, el mundo alado. Un empleado limpiaba haciendo caso omiso a las palomitas. Me ha parecido un poco antihigiénico, pero lo he dejado estar. El remate ha llegado cuando de repente Michael ha dicho algo y lo ha dejado a medias, mirando al suelo con cara extraña. He creído entender lo que había dicho, pero no he querido hacerlo. Le he insistido y no ha querido decírmelo. Así que he confirmado mis sospechas: “¿Hay una rata por aquí?” Michael ha dicho que sí, que la había visto pasar por debajo de donde yo estaba sentada, y me ha bastado mirar al suelo para ver al ratoncillo corriendo. La verdad es que nunca me han asustado los ratones, para mí los bichitos con pelo suelen ser adorables; pero esta vez no he podido reprimir el salto y la huída. Los chicos, al darse cuenta de lo que ocurría, han corrido para hacerle fotos al bichillo y perseguirle. El empleado nos miraba con mala cara, cuando en realidad deberíamos haberle mirado nosotros con mala cara a él, por permitir que todos aquellos animales comieran con nosotros… He entrado, dejando en plena faena a los chicos, al baño, también a cobro en un maldito Burguer y el cual no estaba nada aseado. Por lo menos, en él no había ningún ser vivo aparte de mí y los miles de microorganismos que nos acompañan siempre a lo largo de nuestra existencia. Tras la comida, hemos regresado al albergue. Aún era muy pronto para coger las maletas, (hasta las cuatro no abrían aquel trastero donde las habían alojado), así que Michael y yo decidimos echar una divertida y gigantesca partida de ajedrez, en aquel tablero que nos saludaba en la entrada del albergue, de cuadrados tamaño humano. Para ello, él tuvo que dejar su pasaporte como seña de que no se quedaría las piezas, (algo poco probable, teniendo en cuenta el tamaño de las mismas) y las sacamos, una a una, de aquella caja enorme, colocándolas en su lugar, dudando yo, como siempre, si la reina iba en su color o en el cuadrado del color contrario. La partida se desarrolló entre risas y bromas, sobre todo porque para mí el ajedrez siempre ha sido mi juego imposible, y si no soy capaz de visualizar algo en miniatura, ¿cómo iba a visualizarlo a tamaño humano? Las piezas, a la altura de las rodillas, parecían personitas que se movían a lo largo de una plaza, como si caminaran con voluntad propia; había que cogerlas en brazos literalmente para moverlas. Fue muy, muy divertido, dejando la partida por terminar ante la urgencia de sacar las maletas del trastero. Michael tenía claramente la victoria para sí, quedando sobre el tablero mi rey, solo y abandonado, y cuatro damas para él. Entre que recogimos y no, no preguntes cómo porque no lo sé, cerraron el trastero, y tuvimos que pedir que lo abrieran de nuevo para recoger nuestras maletitas… De vuelta al autobús, el mismo que un par de días atrás nos había dejado en aquella ciudad donde tantas locuras habíamos cometido, ciudad sin ley, ciudad mágica, ciudad de despedida, analicé con la mirada cada centímetro de aquel largo camino que, probablemente, no volvería a recorrer jamás… Cuando se puso en marcha, observé por la ventanilla aquellas calles, aquellos tranvías, bicicletas y coches confluyendo por una misma vena sanguínea, en paz y armonía; despedí mentalmente los traviesos canales, que atravesaban la ciudad de punta a cabo, rememoré algún instante perdido, sonreí ante algunas anécdotas que jamás olvidaría… El aeropuerto se cernió ante nosotros y acabó engulléndonos. Era parecido a todos los aeropuertos, aunque bastante grande. Madrid y Barcelona volvieron a separarse, y Michael, Isa y yo, ( nosotras dos, para mi sorpresa, hablando como si nada, rememorando aquellos viejos tiempos de amistad;) nos separamos del resto y entramos en una de las miles tiendas de camino a la puerta de embarque. Allí compramos smarties en tamaño monumental, (era el día de las cosas grandiosas, al parecer); Michael compró una enorme tableta de chocolate blanco milka y yo no pude resistirme a aquella caja de la “calle con calidad”, (Quality Street) que siempre llamé en mi infancia “Tititines” y que para mí mantendrían siempre ese nombre. Provistos de alimentación, nos hemos sentado con el resto de nuestros compañeros, a esperar la hora del vuelo. ÁMSTERDAM-BARCELONA. RECUERDOS. El trayecto Ámsterdam-Barcelona lo hemos hecho cada uno en un asiento, separados, repartidos por todo el avión, compartiendo sitio con chinos principalmente. El silencio, la quietud, y sobre todo, la soledad, nos ha dejado sumisos a cada uno en nuestros pensamientos, seguros todos puestos en el tiempo pasado, en los días primeros, en el primer viaje en avión… Mirando por la ventanilla, oscura, mientras las luces del aeropuerto quedaban atrás junto a las de Ámsterdam; mientras aún se sentía el cosquilleo del despegue, ese que tanto me gustaba, la tristeza ha venido a apoderarse de mi alma. He sacado esta libretita, de hojas cada vez más escasas, y he releído todo lo escrito. Todo lo que nunca volverá a repetirse. Dicen que lo malo de los buenos momentos es que dejan buenos recuerdos. Y no hay nada más triste que un recuerdo feliz. Por mi parte, puedo asegurártelo. A punto de poner mi cuerpo en casa, mi alma se ha quedado vagando en el pasado compartido con esas pequeñas personitas a las que dentro de un año quizás ya ni hable. Es triste pensar que gente a la que puedes querer tanto desaparezca así como así de tu vida, sólo por el hecho de tener que desplazarnos a otra ciudad a estudiar. Cuando el avión se ha estabilizado, con mi MP3 en los oídos, me he dispuesto a abandonarme a la música. Por mi mente han comenzado a pasar de nuevo cada una de las imágenes más importantes de este viaje, las que siempre quedarán marcadas en mí, las que me harán llorar y reír a cada instante que las recuerde, que el malvado tiempo las traiga a mí como vestigio de este pasado que aún está caliente sobre el suelo, mirándome con ojos suplicantes, deseoso de que lo deje regresar como presente. Me gustaría dormirme y despertar de nuevo en aquel desaliñado hotel de París, bajo un susurrante Michael que me pide ayuda. O abrazada a Juanma, sintiendo cómo la amistad puede calar mucho más allá de los sentidos. Dormida en el suelo, entre Jorge y Héctor, en una noche extraña pero no demasiado mala, en una noche confusa, llena de sinsabores, de llanto y de risas. Como la vida misma, cargada de elementos positivos y negativos; para que podamos apreciar cada instante como si fuera único, como si nunca se volviera a repetir, como si fueran trenes que debemos coger. ¿Por qué no despertar aquella noche, con todo dándome vueltas a causa de una dulce magdalena? Y escuchar las risas de David, totalmente fuera de sí, la saeta a Carlos, al que procesaban por la habitación, la mesa chocando contra una pared, los ninja tatori, todo aquello… Mientras miraba por la ventana del avión, me ha sorprendido el nostálgico pensamiento de las noches que no volveré a compartir con ninguno de ellos… Entre recuerdos y melancolía, el avión ha llegado a Barcelona. Y yo he despertado para regresar al presente. Porque, me guste o no, es lo que nos toca vivir. BARCELONA-MÁLAGA. PUESTAS EN COMÚN. Una vez en el aeropuerto de Barcelona, hemos tenido que correr para llegar al avión que nos correspondía. Para llegar a él, hemos tenido que coger una especie de microbús que ha atravesado toda la pista de despegue y nos ha llevado a nuestra puerta de embarque. Entre carreras, cargados de maletas, pensamientos y alguna historia más, hemos llegado al avión. Esta vez sí que estábamos juntos, en grupos de a tres dispersos. Michael, Isa y yo hemos coincidido, compartiendo nuestros recuerdos, nuestra nostalgia, nuestros sentimientos; en un instante que yo definiría como uno de los más tristes de todo el viaje. Supongo que el regreso siempre es triste. Cuando se deja atrás algo que te ha gustado tanto, que has disfrutado tanto, es inevitable sentir nostalgia y melancolía. Y la sensación que te inunda es contradictoria de esa felicidad y la tristeza del Adiós. MÁLAGA ESTEPONA. EL FINAL. En el aeropuerto de Málaga, donde los de Barcelona esperábamos a los de Madrid, algo más retrasados, hemos compartido los últimos momentos del viaje, ya vencidos casi por el cansancio y el sueño acumulados. En esas andábamos cuando nos han dicho que ya podíamos entrar en el bus, que los de Madrid estaban a punto de llegar. Sentados, uno junto al otro, hemos seguido riéndonos un poco de todo y de nada a la vez. Unos minutos más tarde, el autobús se ha puesto en marcha. La mayor parte del autobús se ha quedado dormido, por lo que el trayecto ha sido triste y tranquilo. Con el cuerpo ya en Estepona y las maletas en la mano, dejando el alma en algún lugar perdido de todos los recorridos en este maravilloso viaje, nos hemos despedido con un simple adiós de nuestro pequeño gran sueño. Todos con la sensación de que siempre quedaría algo de ese viaje en nosotros, un recuerdo imborrable de aquellas personas con las que lo compartimos, una imagen que ni el tiempo ni la distancia podrían distorsionar jamás… PAGE  PAGE 30 +´ËÌ\4]4«4ÉWàWáWÿbc3c%˜;˜¬¢®¢ë¢ÎæÏæææçæNëOëì)-eáâì   >@´ÞAùAúAkSlSŠS6i9i|iXЅЇŠJKLw†¤§¤¦¦Ö¯û¯c³~³³ÀµÁµy·z·€··‚·„·…·üúöúôüúöïúêúãáÝêúÝØÝáÝüúÑÇú¿úöúáüúöïú½úüúöúúÝüúïúïúïúïüúÝú¶³¶³¶0J j0JU>*56B*ph0J56B*ph 6B*ph 6>*]6]] 6>*\] 56\ 56>*56>*656F+,_`KLþÿÃ Ä ª « N — ŽDE=JKÎÏcdéêýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýy·“·þþêž,-²³´ËÌçèÙÚ¯°56­®½¾ïðýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýð5!6!I!J!4#5#L%M%ô%.&/&0& ( (®)¯)›*œ*³+´+8,±-²-//„0…0a1b1ýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýb12232ì3í3[4\4]4^4‘4ª4«4þ4ÿ4‰5Š5z6{6]7^788::3;4;i<j<^>ýýýýýýýýýøýýýýýýýýýýýýýýýýýý$a$^>C?D?xAyAkClC™DšDÿEF%G&G+H,H IµJ¶JàKáKžLŸLºM»M7N8N.O|OP Pýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýý P“Q”QYRZRSSxTyT‰UŠUWWÇWÈWÉWàWáW“X”XçXèX}YY¼Z½ZN[O[V\W\ýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýW\‚]ƒ]\^]^´^µ^__Æ_Ç_X`Y`Í`Î`žaŸa¨b©bÿbccc2c3ccžcßcàcýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýõõõõõõ1$7$8$H$àc·e¸eÆfÇfahbhžiŸiÓkÔk{l«m¬moopo‹qŒqdrospst•u–uÓv8x9x‹{Œ{÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷1$7$8$H$Œ{j|]}^}5~6~§¨ƒ€ƒ“„”„Í…Î…#ˆ$ˆ3Š4ŠÓŠÔŠ(Œ)ŒäŒåŒõö™š‚’÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷1$7$8$H$‚’ƒ’³“´“דؓy•z•––ƒ–„–Ù—#˜$˜%˜;˜<˜ššžœŸœÆÇwžxžèžxŸ÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ì÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷ $1$7$8$H$a$1$7$8$H$xŸyŸ«Ÿ¬Ÿ¬¢­¢®¢ê¢ë¢4¤¥¥4¨5¨{ª|ª-­.­¿®± ±Ð²Ñ²%³&³„µ…µºº÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷1$7$8$H$º`¼a¼¡Á¢ÁÂÂrÃsÃsÆtƫɬÉÍÍfÏgτЅИљÑOÓPÓ5Ø6ØSÙTÙ3Ûqß÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷1$7$8$H$qßrßààƒä„änæoæÍæÎæÏæææçæ/è0èçéèéLëMëNëOëÐëììPìQìŒíízî÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷÷õõõõõõõõ1$7$8$H$zî{î'ï(ïóïôï6ñ7ñ ò òóó­ó®óIôJôÜõÝõßöàöÉ÷Ê÷ù ùÔùCúDúûû üýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýý üü•þ–þŽÿÿàᤥDâ­®·¸ý þ ¢ £ ´ µ ê ë ì   ýõõõõõõõõõõõóýýýýýýýýýýýýýýý1$7$8$H$ i j ijÌÍëì,-Ÿ >?@o´µ¶wx =>efÓýýýýýýýýýýýýýõõýýýýýýýýýýýýý1$7$8$H$ÓÔOPXYš › Æ!Ç!]#^#\$]$2%''(((‚(?*@*Î*Ï*„+…+,,¸,ýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýý¸,¹,).*.ö.÷.Ç0È011v2w2%3&3J4K4â4ã4I6J6/707ƒ8„8Â9Ã9m:n:=;>;ýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýý>;q<r<"=#=ñ>ò>@@ºA»AÚAÛAÜAÝAÞAùAúAkBlBCCïDðDÍFÎF[H\H{I|Iýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýý|IßKàK°L±LõMLNMN­O®ODPQQ=R>R—R˜R­R®RjSkSlSŠS‹SFTGT/U0UùUúUýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýúU¾V¿VÜWZZ[Ž[\\]]P]Q]Š^‹^n_o_``é`ê`AbBb®b¯b‡cˆc+deýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýee8f9fggˆh‰h6i7i8i9igi{i|i}iñiòi0j1jkkÊlËl§m¨mˆn‰noýýýýýýýýýýýýøøýýýýýýýýýýýýýý$a$oÓoÔo|q}q“r”r|s}sÊtÿuv¥v¦v$xŠy‹y†z‡zb{c{;|<|1}2}?~@~#$€ýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýý€€23 ‚ ‚n‚o‚á‚â‚–ƒÔƒú„û„M†N†H‡I‡Ò‡Ó‡ƈLj}‰~‰VŠWŠXŠtЅІŠýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýý†Š‡Š_‹`‹Ž‹‹xŒyŒÎŒƒQŽRŽ~ŽŽIJKLwx°±µ¶Š‘‹‘¢’£’(“ýýýýýýýýýýýýýýýýõýýýýýýýýýýý1$7$8$H$(“)“••«•¬•Q—R—˜˜™™§›¨›(ž)žÊžËžðŸñŸC¡D¡¤¤„¤…¤†¤¦¤§¤¦ýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýý¦¦ó§ô§`©a©P«Q«Í«Ϋ)¬*¬Ž­­Ÿ® ®5¯6¯Ô¯Õ¯Ö¯ú¯û¯±±Œ²²a³b³c³ýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýýc³~³³N´O´µ µÀµÁµš¶›¶y·‚·ƒ·„··‘·’·“·”·ýýýýýýýõýýýìæýìæýýý„h]„h„øÿ„&`#$1$7$8$H$…·‹·Œ·Ž···“·”·ýöîöýì60JmHnHu j0JU0J 1h°‚. °ÆA!°¥"°¥#‰$‰%° i8@ñÿ8 NormalCJ_HaJmH sH tH FA@òÿ¡F Fuente de párrafo predeter.:^@ò: Normal (Web)¤d¤d[$\$6W@¢6 Texto en negri